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The Border of Broken Dreams

They were chasing me all night, until my feet gave out on me.

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Efraín tiene 27 años, los pies destrozados y los bolsillos vacíos. Nació en Puebla, en el centro de México, y desde mucho antes de dejar de ser un niño se agachó sobre la tierra para recolectar tomates, cebollas o lo que dispusiera el patrón. Su sueño, reunir los 1.200 dólares necesarios (unos 900 euros) para emigrar sin papeles a Estados Unidos. El viernes consiguió por fin pisar tierra norteamericana. Pero sólo durante unas horas. La Border Patrol (policía fronteriza) lo localizó frente al desierto de El Sásabe, cuando ya casi había conseguido escapar de Sonora y llegar a Arizona: "Me estuvieron correteando toda la noche hasta que mis pies ya no pudieron más". Efraín fue detenido, montado en un autobús y expulsado a México por la frontera de Nogales.

Ahora está de regreso en Altar, un pequeño pueblo de Sonora convertido en el parque temático de la emigración. Aquí llegan cada día oleadas de jóvenes de México y Centroamérica en busca de los coyotes (traficantes de personas) que, a cambio de un dineral, los conducen a través del desierto de El Sásabe hasta Estados Unidos. "Allí en Puebla", explica Efraín, "todos hablaban de Altar, pero cuando llegué, no me podía creer que todo estuviera tan a la vista...". Desde luego, llama mucho la atención que toda la vida del pueblo gravite alrededor de un negocio tan lucrativo llamado emigración... ilegal.

Decenas de casas de huéspedes. Decenas de casas de cambio. Decenas de tiendas asomadas a la plaza cuyo surtido está enfocado exclusivamente a las necesidades de los migrantes: mochilas, mantas para la fría noche del desierto, calcetines gruesos, linternas, suero, garrafones de agua, papel higiénico. Todo el mundo sabe que las grandes furgonetas cuyo rótulo pone "transporte especializado de servicio público de pasaje" están dedicadas a acarrear, de 30 en 30, de 40 en 40, unos tumbados sobre los otros, a los migrantes hasta el desierto. Son más de 200 furgonetas. Numeradas por la autoridad municipal.

Efraín tuvo que pagar 1.000 pesos (unos 60 euros) porque lo llevaran hasta el desierto. Ahí estaba incluido el porcentaje para las mafias que controlan el camino, pero no el precio del coyote o pollero. Lo cuenta, entre sonrisas, sin esconderse, el propietario de una de las furgonetas que aparcan junto a la parroquia. El periodista le pregunta cuánto le costaría la travesía hasta el desierto de El Sásabe:

-A usted le cobraría 1.000 pesos, pero la mayor parte no es para mí, es para que la mafia me deje pasar. Pero usted no es mexicano, ¿no?

-No, soy español, pero quiero acompañar a unos amigos salvadoreños que quieren cruzar.

-¿Salvadoreños? A esos les cobramos más. 1.500 pesos.

-¿Y eso?

-Son las reglas. Las ponen las mafias, no yo.

-¿Y en eso está incluido el porcentaje del coyote?

-No, hombre, no [el chófer se ríe de buena gana, una risa que significa algo así como "este tío es imbécil"]. El coyote es aparte. A ese le tendrá usted que pagar mucho más. Un buen coyote le cobrará 1.000 dólares por dejarlo en Estados Unidos.

-¿Y dónde consigo yo un coyote?

-Pero, hombre, cómo me pregunta usted eso... Mire a su alrededor. Este es el pueblo de los coyotes, de los polleros...

No hay secretos en Altar. El que paga, pasa. El que no, no. Seis jóvenes de Chiapas sentados junto a la parroquia cuentan su experiencia. "Intentamos pasar hace tres días. Sólo teníamos para pagar el taxi. Y nos dejó en el desierto. Estuvimos dos noches aguardando a poder cruzar. Hasta que aparecieron unos muchachos, con pistolas, y nos obligaron a darnos la vuelta. Se ve que todo está muy organizado allá en la quebrada. Y nosotros no tenemos dinero para coyotes. Regresaremos a Chiapas".

Si Efraín o los muchachos de Chiapas hubiesen conseguido llegar a Estados Unidos, apenas habrían conseguido librar una parte del largo camino. Ahora, con la nueva ley de Arizona, tendrían además que haber extremado las precauciones para no ser sorprendidos por una redada contra los inmigrantes indocumentados. De cualquier forma, según diversos testimonios recogidos por este periódico, la ley auspiciada por la gobernadora Jan Brewer no ha hecho más que poner sobre el papel lo que ya se venía llevando a cabo en Arizona. Mano dura contra los inmigrantes. Sin piedad. Uno de los sistemas más dolorosos, según cuentan los diplomáticos mexicanos dedicados a la atención de los migrantes, es el de la llamada "deportación lateral".

"Las autoridades de Arizona", cuenta un alto funcionario mexicano, "tratan de romper el vínculo entre el migrante que está siendo detenido en frontera y la persona que lo ha ayudado. Si te detienen aquí en Nogales, te echan por otro extremo de la frontera. Así, esa persona se queda sin nada, sin un peso en el bolsillo, tal vez herido y solo, en una situación muy vulnerable. La patrulla fronteriza ha establecido grandes centros de detención de inmigrantes. Desde ahí, los montan en autobuses y los llevan lejos, a cientos de kilómetros. Muchos de ellos caen víctimas de las mafias de tratas de personas. Y entre esos deportados hay mujeres y niños en situaciones lamentables... O jóvenes que se convierten de migrantes en delincuentes porque, por el sueño de pasar, son capaces de lo que sea...".

Efraín tiene los pies vendados. Está sentado sobre una cama de la pensión La Palma, en la calle principal de Altar. Los pesos por valor de 900 euros que reunió durante años ya están en el bolsillo del coyote, que ya espera en la plaza y a la vista de todos -camisa negra, sombrero norteño, cerveza bien fría- a su próximo cliente. Cuando llegue, empezará de nuevo el juego entre los coyotes y los policías fronterizos. Una veces ganan unos. Otras, los otros. Pero siempre, siempre, pierden los mismos.







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