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Nation-States Are Alive and Kicking

[T]he nation-state is still alive, kicking and vying for its strategic interests; it didn’t disappear with globalization, as neoliberals said it would.

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Los estados nación viven y colean

Humberto Campodónico

26 de diciembre de 2016

Antes de la proliferación de los Tratados de Libre Comercio, lo normal era que los países vecinos buscaran la integración económica. Así surgió la Comunidad Económica Europea, el Mercosur, el ASEAN (formado por 10 países asiáticos) y la Comunidad Andina, entre otros.

El objetivo clave: ampliar los mercados para tener economías de escala y un comercio más amplio. La búsqueda de la integración y la superación de los Estados Nación tuvo su punto más alto con la Unión Europea (UE), que ahora ha entrado en una profunda crisis. Antes de llegar a ese punto, veamos cómo se alcanzaría ese objetivo.

El grado más bajo de la integración es el acuerdo preferencial: aquel donde un país grande acuerda que las mercancías de los países más pobres puedan ingresar sin pagar aranceles. Un ejemplo típico fue el ATP-DEA de los años 2000 que EEUU le dio a Bolivia, Colombia, Ecuador y el Perú para “incentivar los cultivos legales”. Su particularidad es que son una “concesión graciosa” que el otorgante puede retirar cuando le plazca.

Un grado más avanzado son los acuerdos de libre comercio,como la Comunidad Andina: las mercancías producidas en estos países circulan con arancel cero en toda el área, ampliando así el mercado. El siguiente es la “Unión Aduanera”: ahora todos los países miembros tienen el mismo arancel. Con este Arancel Externo Común todas las mercancías (no importa donde se produzcan) circulan libremente. Esto lo logró la Comunidad Europea y, de manera bastante más informal, el Mercosur.

Luego viene el Mercado Común, que añade la libre circulación de los flujos financieros y las personas. Si se acuerda una moneda única, hay Unión Monetaria, lo que llevó en el 2000 al euro. El Reino Unido se opuso y se quedó con la libra esterlina. Finalmente, puede haber una Constitución común lo que daría lugar, por ejemplo, a los Estados Unidos de Europa. Pudo darse en el 2005, pero Francia y Holanda votaron en contra.

Detrás de estos acuerdos para la integración hay una consideración esencial: la necesidad de un consenso en ceder importantes porciones de soberanía nacional: sería necesaria una instancia superior a los Estados Nación.

La integración es distinta a los TLC de este siglo –entre países que ni siquiera tienen fronteras comunes– donde lo que interesa es, de un lado, la ampliación del comercio eliminando aranceles y, de otro, la inclusión de “nuevos temas” (muchas provienen de las innovaciones tecnológicas de la globalización) como servicios, propiedad intelectual, normas laborales y medio ambiente, arbitraje internacional para las controversias inversionista/Estado, entre otras. Aquí la OMC debiera ser el foro clave, pero está, a propósito, pintada en la pared (1).

Volvamos a la integración. El consenso de “unificación positiva” de Estados Nación –“símbolo del progreso a alcanzar”– ha entrado en crisis. Algo se vio con el rechazo a la Constitución europea. Pero lo esencial ha sido el rechazo a los “diktats” de Bruselas a favor de la globalización liderada por las grandes empresas minimizando los intereses de las grandes mayorías y provocando un enorme aumento de la desigualdad a favor del 1% más rico, lo que se cristalizó en el Brexit de junio. A lo que se agrega un rechazo a la inmigración de los países del Este y de África por el aumento del desempleo y el terrorismo.

Por tanto: no se puede superar al Estado Nación ni, menos, alcanzar la gobernanza multilateral si la carreta de la globalización es jalada por intereses privados a los cuales se someten los gobiernos. Las tensiones sociales siempre se harán presentes y llevarán a la crisis. Algo parecido ha sucedido en EEUU donde Trump se ganó a los desempleados –perdedores de los TLC– con la consigna “Hagamos a EEUU grande otra vez” y planteando una política populista, proteccionista y de aislamiento internacional.

Lo que esto quiere decir –en un momento de declive relativo –sí, relativo– de la hegemonía de EEUU y surgimiento de otras potencias– es que el Estado Nación estuvo y está vivo, coleando y pugnando por sus intereses estratégicos. No desapareció con la globalización, como dijeron los neoliberales criollos.

Todo eso no significa que debamos dejar de lado la integración regional, venida a menos en los últimos años. Ahora que EEUU cuestiona los TLC y el TPP es hora de repensar la Alianza del Pacífico y sus lazos con el Mercosur. También las relaciones con EEUU, China y la UE (nuestros principales socios) en este contexto de cambios tectónicos de la economía mundial. Y sabiendo que seguimos siendo dependientes de las materias primas. Y que poco hemos avanzado en capital humano, instituciones y diversificación productiva.







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