Angela’s Dream

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El sueño de Ángela

Ángela tiene la piel castaña y los ojos color miel. Cruzó la frontera por Presidio con siete años. Su familia se reunió poco a poco en Texas. Sus padres la llevaron consigo a California. Su país es Estados Unidos; su tierra, México; aunque sólo recuerde vagamente la casa de su abuela llena de gente, ruido y un olor a una salsa que no consigue encontrar. Su padre fue deportado tres veces. En una ocasión porque la policía fronteriza lo trincó cuando regresó a por ella y su madre. Las dificultades agrietaron la familia. Su padre saltaba de un empleo a otro.

Se instalaron en San Carlos, tan cerca y tan lejos de Menlo Park. A duras penas salieron adelante. Su hermano es mecánico. Ángela cursó la escuela y luego la secundaria. Para los dreamers soñar nunca es gratis. Por eso trabaja siete días a la semana en dos empleos distintos. Quiere ir a la Universidad. También quiere poder viajar y sobre todo visitar México, aunque su abuela ya no vive.

El último día que la vi tenía el rostro desencajado. Su marido había tenido un accidente con el coche. Estaba en paro y se exponía a la deportación. Obama acababa de comprometerse a regular a los inmigrantes situados en un limbo legal. Se basaba en el plan de los senadores Kennedy y McCain, demócrata y republicano, de 2006. Consistía en aumentar el control sobre los empleadores que contrataran inmigrantes sin permiso de trabajo ni residencia, asumir que era imposible deportar a 11 millones de personas y crear un programa para “trabajadores invitados” que cubrieran necesidades puntuales. Este programa se transformó en 2012 en el de sorteo de green cards, visados de residencia permanente. Cada año son muy pocos los afortunados. Ángela cumple los dos requisitos: posee estudios de bachillerato y trabaja continuadamente desde hace tiempo. Sin embargo corre riesgo de ser expulsada.

La ambiciosa reforma migratoria de Obama encalló en el Congreso. Recurrió al decreto ley para proteger a los dreamers, la mayoría mexicanos, que llegaron de niños y hoy tienen arraigo en Estados Unidos. Trump intenta derogarla. La Justicia le ha parado. El magnate cumple un año en la Casa Blanca. El Congreso lo celebra con una suspensión de pagos. Trump no renuncia al muro que no empezó a construir. Se pavonea con finalizarlo. Tiene más peligro por lo que tuitea y representa que por lo que hace. Las leyes y la división de poderes sostienen a las democracias y ponen coto a la desmesura. Pero mientras, el sueño de Ángela se ha interrumpido bruscamente.

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