And Kim Takes Down Trump in Hanoi

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El estado de Trump debe preocuparnos y debiera ser sometido a una revisión anual como ocurre con el estado de la nación que preside. De hecho, preocupa incluso a su guardia pretoriana en Washington, que ha procurado que el presidente de EE UU estuviera el mínimo tiempo posible a solas con Kim Jong-un, durante la fallida cumbre de Hanói, por temor a que ofreciera concesiones peligrosas al que considera ahora Gran líder y Gran amigo. Pero Trump ha vuelto a asombrar: se levantó abruptamente de la mesa y regresó fracasado a Washington.

Trump, que ha hecho de la intuición, que cree poseer en grado supremo, su principal virtud política, acudió a la capital de Vietnam, antigua nación enemiga donde EE UU sufrió su más grave derrota, con el anhelo de lograr un triunfo resonante que le diera paso al nobel de la Paz. Necesita un as exterior para contrarrestar el previsible resultado de la investigación del fiscal especial Mueller, y la tinta negra vertida contra él en el Congreso por su exabogado personal, Cohen, delincuente convicto, truhan contra truhan.

Tras legitimar al tirano más impresentable que queda en el mundo, Trump pretendía ingenuamente venderle a Kim un fantástico futuro próspero, una economía admitida en el sistema global, a semejanza de Vietnam, país comunista pero con un sistema económico a la china. Faltaba negociar solo un pequeño detalle: Corea del Norte debiera darse de baja como Estado nuclear, inutilizar todas sus instalaciones de producción de combustible nuclear, sus misiles balísticos, en un proceso inmediato y verificable. Y Washington gradualmente levantaría poco a poco las sanciones impuestas contra el reino ermitaño.

Kim, que tras su aparente tosquedad esconde astucia, le ha dicho que no. Las sanciones se retiran total y conjuntamente, o me muevo solo pieza por pieza. Trump no tenía conejos en la chistera y Kim no abandonará con trucos su poder nuclear, que le garantiza la supervivencia de su régimen. “Yo juego con las simpatías de la gente”, el lema de Trump, no le sirvió y puede que no sea suficiente para salvar su caótica presidencia.

Trump, que se considera un gran negociador como cuenta en su libro The art of the deal (El arte del acuerdo), ha pinchado en hueso. Su prefabricada imagen de artista del pacto se viene abajo. También su fe en la bondad de la diplomacia interpersonal, sin preparación previa adecuada. Pero para el presidente de Estados Unidos la diplomacia es un duelo entre pistoleros del Viejo Oeste: “Esto es un combate líder contra líder, hombre contra hombre, yo contra Kim” (afirmación de Trump en Miedo, el libro de Woodward). El “yo solito” de los niños.

Trump es un convencido de que el verdadero poder es el miedo, la capacidad de infundirlo en el adversario. Lo utiliza también en la guerra comercial con China. Y la imprevisibilidad estratégica: “Debemos ser más imprevisibles”. Pésimos elementos para trabar una política exterior sensata que aporte seguridad en un mundo que muta a gran velocidad. El 45º presidente de EE UU puede acabar demostrando que su carácter es el destino.

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