Francis Fills the Leadership Vacuum

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PARÍS.-Las últimas fueron semanas que conmovieron a una Europa unida, pero sin decisión ante los grandes temas, que comenzaron con los horrores en Gaza, pasaron por los fundadores del califato enterrando vivos a decenas de pacíficos yesidas, adoradores de Zoroastro, y terminaron con aldeas abandonadas por miles de familias cristianas en fuga, amenazadas de muerte si no se convierten al más estricto islamismo.

En toda Europa, y sobre todo en Francia, corre un desánimo profundo. Se va corriendo detrás de las circunstancias políticas ante situaciones bélicas como las de Ucrania, Siria, Libia, Irak. La economía y la voluntad unitiva de la Unión Europea carecen de una resultante decisoria. No cumple con el aserto de Carl Schmitt: “Sólo es soberano quien decide en la instancia definitiva”. Europa no alcanzó a consolidar el poder de soberanía activa. Es un gigante sin puños (o que no los quiere tener). Europa no decide en los grandes temas. Por ahora Occidente tiene un solo número telefónico para caso de crisis aguda, el de la Casa Blanca.

Un vasto horizonte de decadencia y falta de liderazgo afecta a todo el mundo occidental. El imperio quiere manejarse como república y las poderosas repúblicas de la Unión Europea no se atreven al protagonismo mayor que les exige la realidad de su historia y sus pasados imperiales. Ni sombra de esa generación de fundadores “renacentistas”, Adenauer, De Gasperi, De Gaulle, que levantaron sus pueblos de la ruina material y moral de 1945.

En los días del terrible castigo de Gaza, el presidente Obama, después de una discusión telefónica (parece que a los gritos) con el primer ministro de Israel, comunicó mundialmente que exigía “el cese de fuego inmediato y sin condiciones”. El reclamo no tuvo respuesta. Solo 24 horas después, un vocero del Ministerio de Defensa de Estados Unidos informaba que se ordenó reponer municiones y material utilizado por Israel, y el premier de Israel, por su parte, como si nada se hubiese dicho, afirmaba que se llevaría hasta el objetivo final la ofensiva iniciada contra Hamas. (Esta conducta ambigua originó una interpretación muy original de Regis Debray publicada en Le Monde: “Para Estados Unidos, el hipermodernismo tecnológico unido al arcaísmo teológico, o sea la alianza del dólar y el Buen Dios, fue y es la ecuación soberana del mundo de hoy. Pero contrariamente a lo que se cree, Israel no es una colonia de Estados Unidos sino su metrópolis simbólica, en tanto que Tierra Prometida. El socio mayor, metafísico.”)

Lo cierto es que Washington, más allá del eterno problema de Palestina, hoy se enfrenta con la sorpresiva y arrolladora fuerza del califato sirio-iraquí (ISIS). Tiene que decidir mandar tropas y combatir en ese Irak del que se retiró como protector cumplido en 2011, con elogios por la “democracia” instalada. (Los anglosajones no pueden comprender que el Medio Oriente y Oriente tienen formas más complejas, tradicionales y propias, en todo caso distintas de la forma democracia-capitalismo liberal.)

Estados Unidos apoya con su fuerza aérea y multitud de drones, pero todavía se calcula en varias decenas de miles los cristianos que pierden sus pueblos y el horizonte de su vida normal.

Las radios europeas repitieron en directo las palabras que el Papa expresó a los periodistas a diez mil metros de altura, mientras volvía de Corea: “Cuando hay una agresión injusta, sólo puedo decir que es lícito parar al agresor injusto. Y subrayo el verbo parar, no digo bombardear, hacer la guerra, sino parar? Una sola nación no puede juzgar cómo se para a un agresor injusto.”

El Papa tuvo una inédita receptividad internacional. Muchos gestos de su personalidad, de su autenticidad, tuvieron un eco que en pocos meses lo ubicaron como una figura internacional de primer plano. Esta realidad de aceptación y empatía seguramente le permite hoy moverse con autoridad ante los dirigentes mundiales y erigirse como un referente espiritual dentro de la esfera occidental.

Si bien la fuerza de la Iglesia es esa fe que transcurre en la soledad de cada fiel en oración, y que se transforma en fuerza espiritual, a lo largo de la historia la Iglesia estuvo presente volcándose a la realidad mundana en momentos decisivos. El papa Francisco parecería estar colaborando ante una crisis irresuelta. Desde su mensaje de Aparecida a los obispos, expresó una visión de decadencia que exigía un compromiso mayor de reconstrucción espiritual: “A muchos escapa el lado oscuro de la mundialización: la pérdida del sentido de la vida, la desintegración personal, la carencia de pertenencia, la violencia sutil pero implacable, la ruptura interior y la fractura en las familias, la soledad y el abandono, las divisiones y la incapacidad de amar, de perdonar, de comprender, el veneno interior que transforma la vida en un infierno, la necesidad de ternura cuando nos sentimos incapaces, las tentativas fracasadas de encontrar respuestas en las drogas, el alcohol o en el sexo, transformados en prisiones suplementarias”.

Estos conceptos básicos se repitieron en sus mensajes a los jóvenes en Brasil, en la carta a los jefes de Estado del Grupo de los 20, y luego en Corea, pueblo clave por su ruptura entre el capitalismo frenético y su vieja cultura tradicional, con una tremenda crisis social y juvenil

Al referirse a la posibilidad de guerra mundializada, el Papa anunció el peligro de que se vaya equivocadamente hacia otro Lepanto, como en 1571. Batalla decisiva en la historial de Occidente, cuando la Santa Liga cristiana (Venecia, España y la Santa Sede) derrotaron al poderío musulmán y crearon una forma de distancia y convivencia secular entre la cristiandad y el islamismo. Tregua que tal vez se interrumpió primero durante la Primera Guerra Mundial, y después con la acción anglosajona reciente en Irak y Afganistán.

La actitud del Papa tal vez coincida con la compleja noción teológica de la palabra katejón, usada por San Pablo en su segunda carta a los atribulados y perseguidos cristianos tesalonicenses: “Hermanos ¡estad firmes! -les exhorta-. Que no se engañe nadie, Cristo no vendrá sin que impere antes la apostasía y se manifieste el hijo del pecado, el hombre del tiempo de perdición”.

La idea de katejón es la de poner freno, en un sentido de necesidad, al límite de los principios del cristianismo pasivo. San Agustín reclama la acción sin odio y sin exceso, sólo para freno de la ignominia y la injusticia extrema. Comprendió, en su reflexión, que el exceso sería otra injusticia que reclamaría otra sanción o venganza, para la repetición del ciclo primitivo y fatal del “ojo por ojo, diente por diente”, esto es el ciclo del dolor y el error humano que solamente superó el cristianismo entre las religiones abrahámicas.

Santo Tomás sintetizará finalmente la noción de acción necesaria, de guerra justa, en la línea de San Agustín.

El katejón, en las palabras del papa Francisco, encerraría un comprometido llamado en tiempos de amenaza y desorientación ante la falta de coraje y grandeza política. Un llamado renacentista ante la flojera de un Occidente incapaz de defender sus verdades y valores.

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