Double Responsibility

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La estruendosa derrota demócrata en las elecciones legislativas parciales celebradas en Estados Unidos la semana pasada —y la consiguiente nueva disposición de fuerzas en Washington, con un Partido Republicano en control de todo el Congreso y un presidente demócrata en la Casa Blanca— afectará sin duda a dos asuntos de carácter internacional cruciales para la economía y la seguridad globales.

El primero es la negociación de un acuerdo nuclear con Irán, que sería un instrumento clave para la estabilidad. Barack Obama se ha embarcado en una estrategia que asume la necesidad ineludible de llegar a un acuerdo con Teherán para que el país pueda desarrollar una industria nuclear pacífica y, sobre todo, renuncie al desarrollo de un arsenal nuclear propio, lo que desencadenaría un proceso de consecuencias impredecibles en Oriente Próximo. Para ello, Obama ha optado por la senda de la aproximación al régimen de los ayatolás. El último episodio conocido es el envío de una carta personal al líder supremo iraní, Alí Jamenei, en la que subraya la necesidad de colaborar en la lucha contra el Estado Islámico.

El Partido Republicano, cuya posición en este asunto estratégico no es monolítica, deberá valorar ahora si apoya al presidente —muy bajo en popularidad, que pertenece al partido rival y con solo dos años de mandato por delante— o actúa al margen. Una cuestión espinosa, cuando las elecciones presidenciales están relativamente cerca. Israel, el histórico aliado de EE UU en la zona, no quiere además ni oír hablar de un acuerdo con Irán.

El otro asunto es el Tratado Transatlántico de Libre Comercio que EE UU y la Unión Europea negocian desde el año pasado. Se trata de un proyecto de enorme importancia económica y política y que interconectará como nunca antes en la historia las relaciones comerciales y los intereses del norte del continente americano con Europa. En un momento en que el centro de gravedad mundial, en términos de influencia económica, se ha desplazado a la zona del Pacífico, el Tratado es la gran —y tal vez última— oportunidad de Europa para no quedar alejada de los núcleos determinantes en el nuevo escenario mundial.

Ambas cuestiones no pueden quedar al pairo de las escaramuzas políticas en los 1.900 metros que discurren entre el Capitolio y la Casa Blanca. Hay demasiado en juego, para EE UU y para el resto del mundo.

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