The Beginning of a Witch Hunt in Washington

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Durante una inusual conferencia de prensa, por la temática abordada, el fiscal general de Estados Unidos, Jeff Sessions, se confesó asombrado el pasado viernes por la cantidad de filtraciones que desde distintas oficinas públicas llegan a los medios de comunicación, la mayoría de ellas relativas a la tan polémica presidencia de Donald Trump.

Además de condenar las filtraciones, el jerarca de la persecución criminal anunció que se han triplicado las investigaciones por esos casos, incluido el de la transcripción de una conversación de Trump con el mandatario mexicano, Enrique Peña Nieto, dada a conocer por el diario The Washington Post. El Fiscal General anunció que por la divulgación de información confidencial se han presentado cargos contra cuatro personas.

Ese es el lado oficial del drama por el que atraviesa la presidencia más poderosa del mundo, pero poco pueden hacer las fuentes oficiales sobre la reacción natural a una serie de desaciertos del mandatario, al punto de que muchas de esas informaciones han permitido conocer con más propiedad el modelo imperante en la Casa Blanca, lo cual a la vez permite explicar el descenso de la popularidad en todas las encuestas de su principal inquilino.

Sessions califica esas filtraciones de amenaza a la seguridad nacional, porque tampoco puede hablar de los riesgos a que exponen a esa potencia quienes son los principales protagonistas de la información que llega a los medios de comunicación independientes, los que al final solo reproducen parte de lo que ocurre en las altas esferas gubernamentales.

Apelar al nacionalismo aporta muy poco en beneficio de la democracia más consolidada del orbe, porque se pretende atacar las consecuencias, sin analizar las motivaciones de quienes buscan en los medios la posibilidad de incidir o cuando menos de que se haga pública información que la población debe conocer y la cual el aparato estatal trata de ocultar.

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Gracias a esos informes es que se constata que el tono bravucón e intempestivo del presidente estadounidense contra Peña Nieto es solo otro efecto de imagen, porque sus palabras lo pintan más bien como un mandatario preocupado por las apariencias, quien en todo caso se afana por buscar la ayuda de su interlocutor para persistir en una farsa para justificar las poco sustentables palabras de la campaña electoral en las cuales se insistió hasta el cansancio en la construcción de un muro, una promesa cada vez más lejana.

Se equivoca también el fiscal general de Estados Unidos al creer que con amenazas terminarán las filtraciones, pues lo que se ha conocido durante estos breves pero caóticos meses surge no solo del círculo de inteligencia, sino que abarca a varios sectores del Ejecutivo y se extiende al poderoso Legislativo, donde es claro que hay muchos personajes interesados y dispuestos a alentar y exigir el flujo de información.

En Washington se ha desatado una cacería de brujas, como ha denunciado el presidente Trump, pero no está dirigida contra su mandato, sino el objetivo es acallar y amedrentar a quienes intentan hacer más transparente el ejercicio del poder. Como dice el eslogan de The Washington Post: La democracia muere en la oscuridad.

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