Transition to the White House

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Transición en la Casa Blanca Disminuir tamaño del textoAumentar tamaño del texto Martes, 11-11-08

FUE la del presidente electo, Barack Obama, una lección de grandeza en la victoria. Quienes siguieron la jornada electoral recordarán también el gesto ejemplar de John McCain reconociendo su derrota, o pidiendo a sus seguidores lealtad con el vencedor, y ahora el presidente saliente, George W. Bush, rinde un servicio cabal a su país al dirigir una transición transparente y franca. La primera visita de Obama a la Casa Blanca, ayer mismo, ya como próximo inquilino de la sede presidencial, ha sido el último símbolo de la grandeza admirable de un sistema político no siempre bien juzgado en el mundo. Toda la maquinaria funciona a la perfección y está a la altura de la dimensión histórica de la elección. Sin embargo, pasado este periodo tan emblemático, llega el momento de volver a la realidad: Barack Obama ha dejado de ser el vendedor de promesas en la campaña electoral y es ahora el depositario de las esperanzas de todos los que le han votado y, en todo caso, el guardián de los intereses estratégicos del país. En el mismo momento en que ha penetrado por primera vez en el mítico despacho oval de la Casa Blanca, desde el que -al menos durante los próximos cuatro años- dirigirá los destinos del país más importante del mundo, y en parte los de todos los demás, ha empezado a responsabilizarse de las decisiones reales, con un efecto directo sobre la vida de millones de personas.

A cualquier mandatario que se estrena en el cargo se le suele dar un plazo de cien días que, además de ser una cifra redonda, representa un intervalo razonable para que pueda tomar sus primeras medidas, que indicarán por dónde se encamina la dirección política de su mandato. El caso de Obama no será una excepción, aunque la situación que hereda le obliga a empezar a tomar medidas mucho antes, porque hay asuntos, como la búsqueda de una solución para la crisis financiera, que no admiten tiempo de espera. La reunión del G-20 se ha convocado precisamente con tanta urgencia y sin esperar a que tome posesión Obama porque el deterioro de los mercados no permitiría que el resto del mundo esté a la espera de las primeras medidas. Es muy loable que se proponga resolver el lacerante problema de la sanidad pública en Estados Unidos, pero antes de nada tendrá que hacer funcionar una economía necesaria para pagarla. Lo mismo sucede en el exterior: Obama ha dicho que Afganistán será una de sus prioridades, pero pronto comprobará que es más fácil prometer una acción decisiva en aquella guerra que lograr llevarla a cabo, porque depende de la actitud de otros países aliados cuya determinación política no es siempre fácil de conseguir.

En la Casa Blanca, el presidente electo encontrará también asuntos como el de la cárcel de Guantánamo, del que dijo con razón que era «el capítulo más triste» de la historia reciente de Estados Unidos, pero también el más complejo de resolver. Todos los secretos que se guardan tras algunas de las decisiones más controvertidas de la Administración Bush se le van a revelar ahora, después de que haya prometido cerrar esta polémica cárcel, cuando no tenía conocimiento de las circunstancias reales que impidieron hacerlo a George W. Bush. Los primeros días serán para Obama una sucesión de revelaciones que pueden tener el efecto de una ducha de realismo.

Por ahora, las primeras declaraciones y los escasos anuncios sobre posibles nombramientos demuestran que Obama es razonablemente consciente de que ha llegado al mundo real. Al demócrata le han votado para que haga efectivo el cambio que prometía, y resulta evidente que tiene un margen de maniobra muy amplio para ello. Muchos le pedirán que sea audaz, pero dentro de la Casa Blanca hay hechos concretos, prioridades estratégicas, compromisos con los aliados e intereses esenciales que no pueden subastarse al calor de la euforia que ha provocado la dimensión histórica de la elección de Obama.

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