Obama and the Past

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LAS decisiones de los responsables políticos no pueden escapar del escrutinio de la ley en ningún caso. Se trata de un principio sagrado para preservar a las democracias de las posibles tentaciones totalitarias de sus dirigentes y, por ello, las instituciones necesitan contar con sus propios filtros y sus dispositivos de control, para que lo antes posible se restablezca el buen funcionamiento de los mecanismos del poder. Esto es lo que ha sucedido en Estados Unidos con el programa que el entonces vicepresidente Dick Cheney diseñó, un plan que incluía, al parecer, la posibilidad de que agentes norteamericanos asesinasen a dirigentes terroristas y del que no quiso informar al Congreso. El programa en cuestión jamás fue aplicado, pero su existencia vuelve a recordar que no todo lo que se hace en nombre de la lucha antiterrorista está justificado en sí mismo y por ello ha sido justamente criticado.

Sin embargo, haría mal el presidente Barack Obama en convertir su mandato en un ejercicio estéril de caza de brujas de la Administración precedente. Estados Unidos tiene una larga lista de graves problemas que requieren en estos momentos toda la energía de la Casa Blanca, y no parece lo más razonable seguir hurgando en un pasado convulso y extraordinario desde el punto de vista histórico. Que el ex vicepresidente Cheney pudiera hacer cosas legalmente discutibles no es algo de lo que la democracia norteamericana deba enorgullecerse. Sin embargo, que un presidente como Obama, que goza de un apoyo político e institucional tan grande, pueda ceder a la tentación de utilizarlo políticamente resultaría cuanto menos injustificable. Al contrario, las dimensiones de los problemas a los que Obama necesita hacer frente aconsejarían mantener su capacidad de cooperación con los republicanos.

Lo peor de esta discusión es que los principales beneficiarios son siempre los terroristas, para quienes no hay más ley que su propio fanatismo, ni más objetivo que el de causar el mayor daño posible. Nuestra misión como sociedades libres es defender el imperio de la ley, pero, antes que nada, preservar la vida y la seguridad de los ciudadanos. Para hacerlo no valen todos los caminos, pero tampoco es bueno utilizar como arma arrojadiza decisiones que ojalá que Obama no se tenga que ver en la disyuntiva de tener que considerar, gracias a que los terroristas están ahora más acorralados de lo que lo estaban en septiembre de 2001.

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