The Tide

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AYER NO MÁS GEORGE BUSH Y SUS augures pensaban que los Estados Unidos de América estaban listos para asumir el papel solitario y soberbio de único poder en el mundo, dictador de todas las políticas, árbitro de todos los conflictos, guardián del cielo y de los mares, del suelo y del subsuelo.

Tal vez los políticos no son más tontos que el resto de la humanidad, pero su tontería se nota más. Unos hombres armados de cortaúñas desviaron unos aviones, los aviones derribaron unas torres y las torres caídas enviaron al país a dos guerras, porque los necios emprendieron, contra una pequeña guerra irregular, dos inmensas, costosas e inútiles guerras regulares. El país se hundía en la crisis económica, en el abismo legal, en el desierto moral, y Bush y sus acólitos seguían pensando que eran los incontrastables amos del mundo. América Latina se apartaba de Washington y empezaba a mirar hacia el Lejano Oriente, es decir, hacia el Cercano Oeste; China emergía como la segunda economía de nuestro tiempo; la historia, que, según Fukuyama, había llegado a su fin diez años atrás, arreciaba en contra, y los pavorosos ingenuos seguían viviendo el sueño de su omnipotencia.

Entonces vinieron los ciclones a recordarle a Bush quién manda aquí. Al Gore descubrió que existe el clima, y se lo reveló a su pueblo, todavía embriagado por el delirio de la seguridad. Y de repente empezaron a estallar las burbujas de la economía, la gente descubrió de pronto que los bancos y los Estados habían convertido el mundo financiero en una suerte de casino planetario, y las reservas que todavía no devoraba la guerra salieron a salvar a los bancos, o por lo menos a salvarle a la gente la ilusión de que los bancos cuidan su dinero.

Tan desesperados llegaron a estar los Estados Unidos, el día anterior amos del mundo, que hicieron lo último que se les habría ocurrido hacer en tiempos normales: pedirle ayuda a un intelectual, casi extranjero, y negro, para conjurar los demonios de la omnipotencia. Esa intuición bienhechora los salvó a las puertas de la catástrofe, porque Barack Obama cambió la prepotencia por humildad, el derroche por previsión, la egolatría por diálogo, y ha hecho más de lo que muchos nos habríamos atrevido a esperar.

Pero Bush y sus arúspices habían hundido al país con todo su prestigio por debajo de lo pensable. Apagar las dos guerras resultará más difícil y kafkiano que apagar los pozos incendiados de la primera guerra del Golfo. Frenar las mutaciones del clima no es tarea para un hombre y tal vez ni siquiera para una generación. La erupción de las burbujas financieras todavía pasará muchas cuentas de cobro. Y la torpeza con que los corifeos de la hegemonía atizaron la satanización del Islam, y agravaron las tensiones del Oriente Medio, no sólo mantiene en ascuas los calderos sino que empañó el espejo israelí en que a veces se miraban los Estados Unidos.

¿Cómo podían creer en su hegemonía y en su omnipotencia si un mero ciclón sacó a flote no sólo la imprevisión y el desvío de los recursos, sino toda la pobreza acallada de los deltas del Sur? El gigante tenía los pies en el barro, y de barro.

¿Cómo puede creer en su poderío y en su invulnerabilidad la ostentosa y derrochadora sociedad industrial, que degrada la naturaleza y tiene llenos de plástico los mares, si una sola nube de humo de un volcán, en la región menos volcánica del mundo, paraliza por una semana los aeropuertos, y deja al pairo a millones de viajeros, y cuesta miles de millones de euros? Y si esas cosas pasan sólo por la respiración normal de los cráteres, ¿qué pasaría si los acumulados arsenales nucleares se utilizaran algún día, como sueñan los necios, “para apagar incendios?”.

¿Qué significan esas antiguas palabras del Tao: “Cuanto más empecinadamente se intenta algo, mayor es la resistencia que se crea; cuanto más se actúa en armonía con el universo, más se logrará y con menos fatiga”? Ahí están los Estados Unidos, ayer no más amos del mar y del cielo, tratando de contener la marea pastosa de su propio crudo que avanza hacia las costas de Louisiana, de Mississippi y de Alabama. El mar ardiendo a trechos sobre el Golfo de México.

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