Minefield of Hatred: The Other Immigrant Killings

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Un agente de la patrulla fronteriza de Texas asesinó ayer de un balazo en la cabeza al juarense Sergio Adrián Hernández Güereca, de 15 años, en el lado mexicano de la frontera. Las evidencias parecen contundentes: por separado los testigos confirman que el menor recibió el disparo cuando éste ni siquiera se encontraba armado. Así lo confirman también los videos que se tomaron del crimen y los rastros balísticos dejados en el lugar de los hechos.

Hace apenas dos semanas Anastasio Hernández Rojas, indocumentado mexicano de 42 años de edad, padre de cinco hijos, fue también asesinado, esta vez por una golpiza a manos de la Patrulla Fronteriza de California, cuando estaba en proceso de ser deportado. El análisis forense lo corrobora.

Es difícil pensar que la cercanía temporal de ambos hechos sea una coincidencia. Se manifiesta justo cuando la xenofobia antiinmigrante del país vecino se expresa ahora también en leyes. Lo más alarmante es que el endurecimiento de normas que generó un escándalo en Arizona no sólo cuenta con el apoyo de la mayoría de los estadounidenses, según las encuestas, sino que se está reflejando en la forma misma en que actúan las autoridades en los tres estados que hacen frontera con México.

Ambos asesinatos, y las absurdas leyes que criminalizan a los migrantes, son la expresión de un odio cultivado hace tiempo desde varios sectores estadounidenses. Son culpables, de inicio, quienes perversamente han querido vender la idea de que los inmigrantes provocan delitos, de que se roban los empleos y los servicios públicos. Políticos republicanos y algunos demócratas, cadenas de medios como Fox News y organizaciones conservadoras como Minuteman y Tea Party han impulsado impunemente esta cruzada de odio que hoy tiene sus consecuencias.

Es evidente que la Secretaría de Relaciones Exteriores luce tibia cuando se limita a “condenar” los asesinatos o a pedir investigaciones, así como Barack Obama no se muestra firme ante una reforma que ampare a los migrantes. Sin embargo, más importante todavía es que no han sabido cómo atacar los factores sociales, económicos, políticos y culturales que permitieron a los racistas hacer de la frontera común un campo minado del odio, un campo minado que ayer explotó.

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