Tourists: Beware of Tip Scam

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Una de las cosas más curiosas de la cultura anglosajona, que ahora probablemente estén viviendo muchos turistas españoles, son las propinas. En algunos países—como EEUU, Gran Bretaña o buena parte de las ex colonias británicas—, por ejemplo, las propinas no son una gratificación extra que se da para premiar un servicio sobresaliente en hostelería. Son un sobreprecio extra que se supone que el cliente tiene que pagar aunque le haya tratado a patada limpia.

Así, por lo menos en EEUU y en Kenia, el empresario puede permitirse pagar una miseria a sus empleados, porque el sueldo de verdad se lo carga a los clientes. Y los empleados, al menos en restaurantes de cierto nivel y en clubs, bares y discotecas de EEUU, ganan una burrada libre de impuestos gracias este sistema.

Una locura. Un atraco. Y una fuente de distorsiones.

¿Por qué es una locura? Porque el cliente está moralmente obligado a pagar siguiendo unas normas más estrictas que las del ajedrez. Ya sé que los españoles no pagamos propina. Y que nos sentimos orgullosos de ello. Pero los estadounidenses, por ejemplo, están educados en que hay que pagar propina, aunque el camarero le trate a bofetadas. A mí, hace dos semanas, me echaron de Pesce, un restaurante tan sobrevalorado como abusivo de Washington, con un directo “Ya es hora de irse”, hace dos sábados pero, acostumbrado a pagar propina, ya había aflojado mi 15%.

No sólo eso: las propinas tienen tanto de espontáneo como un concierto de los Rolling Stones. Todo está programado. En teoría, el cliente debe pagar el 15% del precio antes de impuestos, pero la mayor parte de las veces se paga el 15% del precio tras el Impuesto de Ventas (que hace las veces del IVA). En Nueva York, durante la ‘burbuja’ de las puntocom, la propina se disparó al 20%. Ni el estallido de esa ‘burbuja’ ni la de las ‘hipotecas basura’ la han bajado de ahí. O se: la propina siempre sube.

¿Por qué es un atraco? Porque no importa cómo ha sido tratado el cliente. De hecho, recuerdo que hace unos años la ultrafamosa guía de restauración Zagat expresaba su extrañeza ante el hecho de que la gente admitía que pagaba propinas independientemente de la calidad del servicio.

Pero hay más. La legislación de EEEUU, por ejemplo, permite a los Estados fijar sueldos por debajo del salario mínimo en el sector de la restauración. Así, en Washington, un camarero cobra en general entre 2 y 2,5 dólares a la hora. Eso es entre entre 1,5 y 1,88 euros (por supuesto, seguro médico y Seguridad Social, que en EEUU son las pensiones, no se pagan en el sector, igual que los días que el trabajador no puede acudir a su empleo por enfermedad o simplenmtne porque haya una nevada descomunal).

Evidentemente, nadie puede vivir con eso en una ciudad en la que un café no baja de los dos dólares y medio. Así que se ha generado una cultura en la que el camarero espera que el cliente le dé una propina como parte de su sueldo. Lo mismo pasa en, por ejemplo, Kenia. Los conductores de los safaris cobran una miseria de tales proporciones que si los turistas no les pagan una propina no llegan a fin de mes (y eso en Kenia supone pasar hambre). Igual que en Virginia Occidental, en EEUU, donde la ley permite a los empresarios de la restauración a pagar literalmente cero dólares a sus empleados.

Eso plantea al cliente una duda moral: ¿quién es el ladrón abusivo? ¿El empresario o yo? Normalmente, el cliente es más decente, y paga la propina. Pero ¡ojo! En muchos restaurantes de EEUU te cuelan en la cuenta ya el servicio, con lo que, si no andas con ojo, puedes pagar dos veces la propina.

Y, finalmente, es una fuente de distorsiones. Porque, al cobrar una miseria, los camareros se pelean, literalmente, por las propinas. Eso hace que el servicio no mejore, sino que el empleado agobie al cliente ofreciéndole siempre cosas más caras. Si uno pide un Expresso, el camarero del restaurante Sette, en Washington, le tratará de colocar un capucchino (hablo por experiencia propia). Al mismo tiempo, a las dos de la tarde, los camareros de Steam Café, también en Washington, se dedicarán a pedirle que pague, porque a esa hora cambia el turno y quieren llevarse su propina en vez de que ésta quede para los que vienen después.

Los restaurantes de EEUU están, además, divididos por parcelas. Cada una es el territorio de un camarero. Los demás a menudo ni le mirarán, ni siquiera para avisar al responsable de su mesa. ¿La razón? Ellos no se llevan propina.

Hay más distorsiones. Las más evidentes son la fiscal y la monetaria. La primera procede del hecho de que la Hacienda estadounidense estima que el 40% de las propinas no se declaran al fisco. Para corregirlo, las autoridades obligan a cada restaurante a añadir un 8% de sus ventas como propinas. Pero es un cálculo defectuoso. Como he comentado más arriba, la propina media pasa del 10% con creces.

Lo mismo cabe aplicarse a la inflación. Las propinas son una subida de precios que a menudo no se encuentra reflejada en las estadísticas, a pesar de soberanas idioteces como la de Pedro Solbes cuando atribuyó el diferencial de inflación español a nuestra presuntamente excesiva generosidad al pagar el servicio en hostelería.

¿Qué puede hacerse para corregir esta situación? Lo más lógico, en mi opinión, sería que los camareros y empleados de hostelería de EEUU se organizaran en sindicatos y exigieran lo que es suyo.

Pero eso parece imposible. Entre otras cosas, porque el actual sistema de propinas les favorece muchísimo. Y aquí está el quid de la cuestión. Un camarero de un bar de copas de relativa popularidad puede aventarse fácilmente 400 ó 500 dólares libres de impuestos una noche de un viernes en Washington trabajando apenas seis horas. Con el fraude fiscal disparado, es muy probable que a esa persona le salga la declaración de la renta negativa. Ése es el cierre perfecto del círculo vicioso del timo de las propinas en EEUU.

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