To Give Is to Give

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HONG KONG. ¿A quién se le ocurriría rechazar una invitación a comer con Bill Gates, el fundador de Microsoft, y con Warren Buffett, el inversionista más exitoso del mundo? Por insólito que parezca, se le ocurrió a la mayoría de los empresarios que están invitados a un banquete organizado por ambos potentados para finales de este mes en Beijing, la capital china.

Los multimillonarios norteamericanos, que, según la revista Forbes, ocupan el segundo y el tercer lugar en la lista de la gente más rica del planeta, lanzaron hace poco una campaña bautizada en inglés The Giving Pledge (La promesa de dar), que consiste en convencer a otros magnates de que sigan su ejemplo y se comprometan a donar, ahora mismo o en el momento de su muerte, por lo menos la mitad de sus fortunas.

La lista en Estados Unidos de quienes han prometido donar la mayor parte de su patrimonio ya suma más de 40 personas e incluye a Barron Hilton, el de la cadena hotelera; al cineasta George Lucas, y hasta a David Rockefeller. En China, sin embargo, el “sablazo” no cayó bien y, según reportes, apenas dos personas del medio centenar que están convocadas al banquete, han demostrado interés en oír a Gates y a Buffett hablar de las virtudes de desprenderse de los bienes materiales.

Las fortunas individuales son un fenómeno reciente en China. De acuerdo con Hurun, un instituto que le sigue la pista al tema, hace seis años China tenía apenas tres multimillonarios. El año pasado ya llegaban a 103, pero así como acumular patrimonio es un fenómeno relativamente nuevo, donarlo a obras de caridad es todavía más inusual.

Varios motivos explican por qué el mensaje de Gates y Buffett no resuena en China. Para empezar, si la industrialización y modernización del país comenzaron hace apenas tres décadas, entonces este sería el momento de crear y acumular la riqueza, no de regalarla. Si Warren Buffett hubiera donado su primer millón en lugar de reinvertirlo en su negocio, posiblemente no habría acumulado los 47 mil millones de dólares que ahora está en capacidad de legar.

Los millonarios chinos, cuyo promedio de edad es de 39 años, deben estar sintiendo que es muy pronto para que les pidan entrar a formar parte de las grandes ligas de la filantropía. Es posible también que muchos de ellos tengan miedo de despertar resentimiento y ganar notoriedad ante la opinión pública, que sospecha -con o sin razón- que la forma como se han hecho muchas de las nuevas fortunas ha sido a través de la corrupción y el tráfico de influencias.

Uno podría caer en la tentación de pensar que la cruzada de Gates y Buffett es un ejemplo más de la forma como los norteamericanos tratan de imponerle al resto del mundo sus valores y sus conceptos de lo que está bien y lo que está mal.

Muchos en China deben estar pensando eso, pero yo creo más bien que es transformadora, porque pone la caridad en donde corresponde, o sea en el plano moral. Salvar a un niño que se está ahogando en una piscina al lado de uno es diferente de salvar a un niño que se muere de hambre en donde uno no lo puede ver, pero en ambos casos existe una fuerte obligación moral de ayudar. Es lo que sostiene el filósofo Peter Singer, quien también dice que somos responsables no sólo por lo que les hacemos a los demás, sino por lo que dejamos de hacer por ellos.

Esa, creo yo, es la idea que Bill Gates y Warren Buffett quieren llevar a China y si, como lo indican varios estudios, los seres humanos tendemos a hacer lo mismo que hacen otras personas con las cuales nos identificamos, pronto veremos a millonarios chinos donando la mitad de sus fortunas.

No importa si el dinero va para aliviar el hambre en África o encontrar la cura para la malaria, o se usa para atender asuntos más cercanos, como el bienestar de los trabajadores chinos o la degradación ambiental, porque, como dice una conocida canción, dar es dar.

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