Will the Debates Between Obama and Romney Work?

 .
Posted on October 4, 2012.

<--

A pocas semanas de la realización de las elecciones presidenciales en EE.UU., la atención empieza a concentrarse en los tres debates que enfrentarán a Obama y su retador, Mitt Romney.

El próximo miércoles en Colorado, el martes 16 en Nueva York y el lunes 22 en Florida, Romney tendrá las últimas ocasiones de voltear un partido que está perdiendo por la mínima diferencia en voto popular, pero que en los estados determinantes, como Ohio, Florida, Virginia, Colorado y Nuevo México, parece estar perdiendo por una diferencia algo más significativa.

La percepción, cierta o prematura, de que está cediendo terreno ha colocado sobre el republicano una presión desproporcionada en relación con los “cara a cara” que tendrá con el primer mandatario. Parece difícil, si no logra revertir las cosas de otro modo, que un intercambio de palabras con un hombre que tiene imagen presidencial por el solo hecho de ocupar el cargo y que no es manco en estos menesteres pueda dar un vuelco espectacular a las cosas. Mucho menos cuando, precisamente por la desventaja que su propia gente cree que lleva, la campaña y la base de Romney han alimentado las expectativas sobre los choques con Obama.

Su principal problema lo dice con toda franqueza Brett O’Donnell, el entrenador de debates republicanos: “Romney no le cae bien a la gente”. En parte por su acartonamiento, en parte porque para ganar las primarias tuvo que hacer campaña negativa y soportó muchas acusaciones de su propio bando y en parte porque en la era de la post-burbuja tener credenciales de financista es poco rentable, Romney soporta un fuerte viento en contra. A lo que se añade, de cara a los debates, que el presidente sí cae bien al ciudadano, incluyendo a un gran porcentaje de republicanos. “Su reto es cómo llevar la ofensiva sin ser ofensivo”, piensa el historiador presidencial Bruce Buchanan, “algo difícil de medir y que dependerá casi más de su intuición en ese momento que de una preparación previa”. En cambio, Newt Gingrich, el ex precandidato republicano, sostiene: “Tiene que ser sumamente afirmativo y acorralar al presidente para dar un vuelco a esto. Si le hace a él lo que me hizo a mí en dos debates en la Florida, cuando me lanzó todo un bagaje de información sobre mis antecedentes a la cara sin insultarme, pero con mucha contundencia, lo puede descolocar”.

Lo cierto es que Romney necesita ganar con claridad los debates más que el presidente, para quien un empate o una derrota por la mínima probablemente bastaría. En gran medida, la capacidad del retador republicano de sostener una arremetida final en los estados clave dependerá de sus finanzas. Y, como se lo ha recordado Steve Lombardo, que lo asesoró en 2008, “el desenlace del primer debate será crucial para la recaudación de fondos en la etapa final de la campaña”.

Con frecuencia, se ha esperado más de los debates presidenciales de lo que dieron de sí. Pero hubo algunos casos en que ellos reforzaron decisivamente una tendencia que se insinuaba o iniciaron una modificación gradual de las percepciones. El uso que la prensa hizo de lo sucedido en ellos en muchas ocasiones tuvo una influencia importante en las percepciones sobre quién ganó, y eso pudo haber ayudado a mover la aguja con efecto algo retardado. Por ello -y porque en la tierra del espectáculo el enfrentamiento entre dos aspirantes al cetro del poder ante decenas de millones de televidentes es la escenificación política mayor-, los debates son y seguirán siendo motivo de fascinación en este país.

No está de más recordar, sin embargo, que la historia de los debates presidenciales tiene que ver no sólo con lo obvio -la era audiovisual-, sino también con la naturaleza misma de las campañas políticas en EE.UU. Originalmente, durante el siglo 18 y comienzos del 19, estaba mal visto que un candidato hiciera campaña pidiendo votos al público. Se suponía que debía guardar una reserva, como ha escrito el historiador Samuel Morrison, para mantener una tradición según la cual quien servía a la nación aceptaba hacerlo a pedido de ella. Los candidatos dejaban que los periódicos -que eran órganos de partido y no publicaciones independientes- y otras personas hicieran campaña por ellos. La idea de un debate en el que cada uno defendiera su propia postulación en detrimento del otro era írrita al sentido que se tenía del servicio público y del ejercicio de la Presidencia.

Aunque la naturaleza de las campañas cambió hacia la década del 40 en el siglo 19, cuando los candidatos empezaron a pedir el voto afanosamente al público de la calle, no fue hasta casi dos décadas después que se produjo el primer debate político propiamente hablando. Me refiero al de Lincoln y Douglas por un escaño en Illinois, en gran parte a pedido del primero, que persiguió a su rival a lo largo de muchos días presentándose en sus mítines y desafiándolo desde la audiencia. Finalmente, sin moderador y sin límite de tiempo preestablecido, ambos llevaron a cabo varios encuentros de varias horas, principalmente sobre la esclavitud, en los que hicieron historia. Tanta historia, que durante las primarias republicanas recientes, Gingrich retó a Romney a emular los debates de Lincoln y Douglas, enfrentándose durante horas sin moderador y sin reglas para dirimir la disputa. No tuvo éxito su pedido.

Pasó un siglo hasta que la institución del debate presidencial empezó la tradición que hoy continúa. Antes de eso, se había producido apenas un debate durante las primarias republicanas en el estado de Oregon en los años 40 y un encuentro entre republicanos y demócratas televisado en un foro de mujeres en los 50. La era del debate presidencial televisado nació en 1960, con los célebres encuentros que enfrentaron a John Kennedy y Richard Nixon. Tres cosas los hicieron posibles: la televisión había pasado a convertirse en una fuerza de transmisión cultural tan importante que la política no podía ser ajena a ella; las cadenas estaban en pugna con el gobierno, porque querían evitar una regulación federal y necesitaban mostrar que su aporte a la vida del país podía ser cívico, además de comercial o entretenido, y por último, el Congreso había derogado una ley que anteriormente obligaba a las televisoras a dar un tiempo equivalente a todos los candidatos (había más de dos).

Los debates entre el joven senador de Massachusetts y el vicepresidente Nixon influyeron en la victoria del primero. Fueron cuatro debates, mayormente centrados en la amenaza mundial del comunismo. Lo que se recuerda es que en el primer debate, un Kennedy telegénico destruyó, en la batalla de la imagen, a un Nixon con “una sombra de las cinco de la tarde”, que estaba convaleciente de una gripe y había rechazado el maquillaje. Los que vieron el debate se inclinaron por Kennedy; quienes lo escucharon por radio se entusiasmaron con Nixon. Los otros debates no evidenciaron una ventaja tan marcada para Kennedy, excepto el último, donde el senador se mostró más agresivo con el castrismo.

Fue tal el impacto de aquellos debates, que los candidatos evitaron debatir en años sucesivos, temerosos del síndrome televisivo de Nixon. Sólo en 1976, cuando Jimmy Carter se enfrentó al Presidente Ford, volvió a debatirse para las pantallas, y desde entonces el enfrentamiento cara a cara ha pasado a ser un hito de toda campaña.

Independientemente de si inclinaron la balanza decisivamente o no, hubo choques muy importantes en las últimas décadas. Por lo general, se recuerdan ciertos errores graves. En el debate contra Carter, por ejemplo, Gerald Ford afirmó que “no hay un dominio soviético sobre Europa Oriental”, algo que probablemente cavó su tumba política, porque durante muchos días la prensa se cebó en él, enrostrándole una ingenuidad y desconocimiento del mundo poco presidenciales.

En el debate vicepresidencial entre Dan Quale y Lloyd Bentsen en 1988, el primero, que era joven e inexperto y se había pasado la campaña tratando de demostrar que había precedentes de líderes con poca experiencia que habían hecho grandes cosas, cometió el error de decir que tenía tantas calificaciones como John Kennedy en su día. La respuesta de Bentsen (“Senador, yo fui amigo de Jack Kennedy: usted no es Jack Kennedy, senador”) fue tan demoledora que, aunque Bush ganó la elección, su vicepresidente nunca pudo recuperarse y volverse respetable.

Y en el debate presidencial entre Bush padre y Michael Dukakis, ese mismo año, Dukakis cometió un harakiri cuando respondió con frialdad a la pregunta de qué haría si su esposa fuese violada y asesinada, enumerando los argumentos en contra de la pena de muerte y exhibiendo casi nula emoción.

El humor también ha jugado un rol gravitante, permitiendo distender situaciones que hubieran podido afectar a un candidato o, lo que es más importante, ayudando a disipar ciertas percepciones. Puede decirse que salvó a Ronald Reagan en ocasiones en que de otro modo hubiera parecido extremista o intelectualmente menos dotado que su adversario. Lo empleó contra Carter en 1980 y sobre todo en 1984, en su campaña de reelección, cuando, cuestionado por su excesiva edad y los riesgos que ella entrañaría en un segundo mandato, le espetó a Walter Mondale, que ya era un hombre bastante maduro: “No haré de la edad un asunto de esta campaña. No voy a explotar, por razones políticas, la juventud y la inexperiencia de mi adversario”.

Hay candidatos que han empleado magistralmente uno de los varios formatos que puede tener un debate presidencial en provecho de su candidatura. Por ejemplo, en 1992, cuando Bill Clinton chocó con Bush padre, se optó por un encuentro vecinal al estilo del town hall, en el que los candidatos dialogaron con la audiencia. Clinton se lució ese día mostrando empatía con cada uno de quienes hacían preguntas (“yo siento tu dolor”), de un modo que Bush, que en algún momento cometió la impaciencia de ver el reloj, no pudo igualar nunca.

La actitud corporal y gestual puede ser sustancial en un debate, por la magnificación que opera la cámara en algo que no llamaría la atención normalmente. En los debates entre Barack Obama y John McCain en las últimas elecciones presidenciales, este último mostró su profundo desprecio por el joven senador, negándose a mirarlo cuando hacía uso de la palabra o cuando se refería a él en su turno de intervenciones. Aunque esto sucedió sobre todo en el primer debate y McCain trató de corregirlo en los subsiguientes, el efecto del primer choque nunca se perdió: el público creyó haber notado el mismo desdén en los debates sucesivos, por ciertas muecas o expresiones del veterano senador que quizá no llevaban esa intención.

Todos estos precedentes y otros son los que tienen en cuenta Obama y Romney durante su preparación en estos días, que en parte consistirá en ver videos de debates anteriores. Pero en última instancia, no hay dos debates iguales porque no hay dos personas ni dos situaciones idénticas. En otras palabras: a pesar de los muchos precedentes en que sus preparadores tratarán de hacer que ambos se inspiren, a la hora de la verdad, Obama y Romney estarán solos. Absolutamente solos.

About this publication