The Telephone Rang And Rang

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Los norteamericanos que miraron la tele en 2008 recordarán el anuncio de Hillary Clinton contra Barack Obama, cuando competían por la candidatura demócrata a la presidencia: en la penumbra un teléfono timbraba y nadie lo atendía, mientras una voz en off preguntaba qué ocurriría si de madrugada una emergencia en cualquier parte del mundo encontraba que en Washington no había nadie al mando. Obama, el neófito, no podría dar la talla en tanto Hillary, curtida ya en mil batallas, sería la garantía de una respuesta adecuada.

Electo Obama, consoló a Hillary nombrándola secretaria de Estado. Pero pasó el tiempo y en otro aniversario del tristísimo 11 de septiembre, el de 2012, dieron en sonar los teléfonos, el de la Casa Blanca y el del Departamento de Estado, el del Pentágono, el de la CIA, todos, y ninguno fue descolgado. O fueron descolgados, pero nadie reaccionó. Para su reelección en 2012, el caballito de batalla de Obama fue que en su primer mandato había ajusticiado a Osama bin Laden y al terrorismo de Al Qaeda lo tenía en trance de liquidación. ¿Cómo rayos iba a admitir esta administración que el ataque al consulado en Bengasi lo perpetraron terroristas locales de Ansar al Sharía en connivencia con Al Qaeda? Imposible, el billete no casaba con la lista. Y entonces la Casa Blanca y el Departamento de Estado se enzarzaron en una operación mentirosa que les sirvió hasta más acá de las elecciones, pero ocho meses después se desmerenga.

De manera que la culpa se la echaron a la peliculita de un aprendiz de cineasta muy torpe, egipcio avecindado en California, que habría provocado las iras musulmanas al ofender a Mahoma y el consiguiente ataque a las instalaciones yanquis en Bengasi, saldado con la muerte de cuatro norteamericanos, incluido el embajador, un montón de heridos y la destrucción de propiedades consulares. Mintió con mucha soltura Hillary al culpar a un infeliz para encarcelar, al cual mandaron más guardias de los que habrían hecho falta en Bengasi para impedir la masacre.

Mintió con mucho aplomo la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Susan Rice, en cinco programas televisivos de mañana dominguera el 16 de septiembre, cinco días después del ataque. Mintió en la misma ONU el presidente, aparte de otros sitios, dos semanas después del acontecimiento. Mintió una y otra vez el secretario de prensa, Jay Carney, al afirmar que dada la naturaleza espontánea del ataque una respuesta militar norteamericana no fue factible; y en otro momento al culpar a Mitt Romney por politizar el episodio; y aun en otro porque lo único cambiado en la versión oficial había sido la palabra “consulado” por “facilidad diplomática”. Mintieron los funcionarios del Pentágono cuando el Congreso los convocó. Mintió la vocera del Departamento de Estado, Victoria Nuland, quien según las explosivas pesquisas del periodista de la cadena ABC, Jonathan Karl, parece estar complicada en la docena de modificaciones a varios niveles en la versión original de la CIA sobre los acontecimientos. Y haciéndose muy poco favor, Jay Carney llegó a decir que lo de Bengasi ocurrió hace mucho, cuando está más vivo que nunca.

Unas cien páginas de emails al fin publicadas no aclaran demasiado. El encubrimiento, aunque agrietado, quieren sostenerlo para no opacar lo que queda de la administración Obama ni obstaculizar la soñada por Hillary. Pero cada revelación genera nuevas preguntas, y todas tan ominosas como aquel teléfono del anuncio que se cansó de timbrar sin que nadie lo descolgara.

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