The Snowden Case

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La profesión de espía no suele ser la más dotada de ética. La mentira, la traición, la utilización de la información como un arma, son componentes clásicos de este mal llamado trabajo. Sin embargo, más allá de la profesión de espía está, con mucha menos ética, el poder y la fuerza bruta de quien ordena espiar. Entre los espías de vez en cuando se arrepiente alguno, que ve que su trabajo termina por dañar a la humanidad y a sus propios valores. Entre los que mandan espiar no se arrepiente nadie. Y así como los espías, en determinadas circunstancias se juegan la vida, los dueños del espionaje, si así podemos llamarles, tienen garantizada la impunidad de cualquier crimen que ordenen cometer.

El caso Snowden muestra una vez más la terrible hipocresía del poder. Todos los países europeos se han indignado al saber que Estados Unidos e Inglaterra espían sus comunicaciones. Sin embargo no se atreven a proteger al que ha delatado la trampa. Los gobernantes europeos reclaman el hecho de ser espiados, pero no se atreven a defender a la persona que ha denunciado un espionaje que al final no hace sino impulsar a nuestras sociedades hacia un tipo control capaz de dañar la libertad y la intimidad de los ciudadanos. Y todavía más: son capaces de poner en riesgo la vida de un presidente latinoamericano, impidiéndole cruzar espacios aéreos, por la ridícula sospecha (bien fundada decía ellos, serviles ante los gringos) de que Snowden iba en el avión de Evo Morales. Si en América Latina se le ocurriera a algún gobierno hacer eso con un mandatario europeo ya nos estarían llamando, con su habitual prepotencia, repúblicas bananeras.

Y es que para el poder, a pesar de toda la evolución democrática y de respeto a las personas, sigue habiendo como dos escalas: La de los que mandan desde el poder, el dinero y las armas, y las de quienes están en situación de inferioridad ante ese complejo. Los más poderosos tienen más derechos humanos mientras los menos poderosos pertenecen a un nivel más bajo de humanidad, parecen decirnos. De hecho las grandes diferencias a nivel mundial entre países ricos y pobres son también una expresión de esa conciencia de supremacía del poderoso contra el débil. Cuando algunos intelectuales afirman desde la ética que en el mundo existe una verdadera guerra de ricos contra pobres se refieren a eso. Lo mismo que el Papa Juan Pablo cuando hablaba de la “guerra de los poderosos contra los débiles” que según él caracterizaba al mundo contemporáneo.

Hace ya bastantes años el viejo general norteamericano, comandante en jefe de los Aliados en Europa y presidente de los Estados Unidos de América durante 8 años, D. Eisenhower, advertía del peligro que significaba para la paz mundial el complejo militar industrial que se había formado en su propio país. Sus palabras textuales decían: “El peligro de una influencia innecesaria en el crecimiento desastroso de un poder desbordado, existe y habrá de persistir”. Hoy ese “poder desbordado” pretende controlar en definitiva el pensamiento y la intimidad de las personas con la excusa de la seguridad y el bien común. Y si alguien como Snowden tiene la mala idea de advertir a la ciudadanía y a los países de los abusos del poder, se produce casi automáticamente una reacción que implica la persecución y la satanización tanto del espía arrepentido como de quien lo proteja.

Pero del espionaje no se libra nadie. Según revelaciones provenientes de Brasil, entre los varios países latinoamericanos espiados también está El Salvador. Estos norteamericanos que han sido cómplices de masacres haciéndolas u ocultándolas, que han participado y financiado tantos golpes de estado y tan numerosas guerras, muchas veces por proteger a sus empresas trasnacionales, han encontrado en internet un camino discreto y oculto de mantener el control imperial del mundo en que vivimos. Espiar empresas, personas, instituciones, gobiernos es fácil cuando los centros de conexión están en tu propio país, dominas los cables y tienes conexión con las empresas anuentes a pasarte la información. Tecnología, armas e información, aunque una buena parte de esta última se consiga de mala manera, siguen siendo las armas de los imperios en este mundo industrializado. Si en el espionaje antiguo el dinero y el fanatismo patriótico jugaban un importante papel y en cierto modo igualaban a las partes, hoy, insertados todos en la red global, quien controla la red controla la información. Sin una regulación ética y legal de las comunicaciones podemos terminar esclavos de un “poder desbordado”.

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