A Tuesday for Choosing?

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Las elecciones de medio tiempo en Estados Unidos son el termómetro de lo que pudiera venir dos años después, en las presidenciales. Las de 2014 no constituyen una excepción y el panorama no pinta bien para las pretensiones demócratas de continuidad, luego de que le ha sido bien difícil a la administración de Barack Obama sacar adelante en el Capitolio de Washington algunas de sus más sustanciales promesas de campaña.

Presentadas como ejercicio de la democracia, los comicios en que se deben elegir 435 representantes a la Cámara y un tercio de los cien senadores —en este 2014 serán 36 para cubrir tres vacíos—, están bien lejos de ese valor político. Se sabe que apenas serán unos pocos de los incumbentes, o actuales titulares, los sometidos al escrutinio de las urnas, porque simplemente no tienen contrincante.

Quizá sean pocos los Congresos o Parlamentos del mundo donde la inmovilidad de sus miembros pueda compararse con la que disfrutan los dueños de los curules de Estados Unidos, una versión en la vida política de la sacrosanta propiedad privada.

Las cifras son irrebatibles, la reelección congresional nunca baja del 85 por ciento. Este año se reiterará el resultado que repetirá las caras. Como dijera en una ocasión Hadley Heath Manning, del Foro de Mujeres Independientes, en Estados Unidos «nosotros no tenemos reyes, (pero) todavía tenemos dinastías políticas».

Probablemente, esa sea una de las razones del escepticismo de los ciudadanos estadounidenses con «derecho» al voto que los llevará, una vez más, a ni siquiera asomarse por las urnas este martes 2 de noviembre —un abstencionismo habitual, al que también contribuye el hecho de que sea EE.UU. uno de los poquísimos países que votan un día laborable, impedimenta para la mayoría, aunque también llevó a crear el voto adelantado, el cual ya se realiza desde hace más de una semana en no pocos estados.

Por supuesto, no es esa la razón fundamental. Los estadounidenses piensan muy mal de sus legisladores, la mayoría de los votantes consideran que hacen muy pobre trabajo.

Un sondeo de Rasmussen Report del pasado septiembre arrojó que solo el seis por ciento de los votantes considera que los congresistas hacen una buena o excelente labor y el 65 por ciento la califican de pobre. Por tanto, no es de extrañar que el 67 por ciento afirme categóricamente que son las regulaciones electorales las que benefician a los titulares de la función legislativa.

Y son todavía más los datos demostrativos de la desconfianza: 63 por ciento cree a pie juntillas que la mayoría de los miembros del Congreso venden su voto por dinero o por contribuciones a su campaña, un nivel que no ha cambiado en los últimos años.

No les falta razón, el pasado martes, el Brennan Center for Justice publicó un nuevo informe donde se habla de las nueve carreras electorales «más calientes» del Senado —Alaska, Arkansas, Colorado, Georgia, Iowa, Kentucky, Louisiana, Michigan y Carolina del Norte— y comprueba el reporte que los «donantes desconocidos» y grupos de dinero fuerte, contante y sonante, que están fuera de las regulaciones (el llamado dinero oscuro) rompen récord en el financiamiento a las campañas, tanto republicanas como demócratas. En todos esos estados sobrepasarán el mayor registro de dinero oscuro del año 2012, que le correspondió a Virginia con 52,4 millones de dólares.

Aunque la cifra decisiva embolsa todos los dineros destinados a las elecciones de 2014: nada menos que cuatro billones de dólares, con recaudaciones y gastos casi parejos para los candidatos demócratas y republicanos.

En este recorrido por reportes investigativos y encuestas sobre las opiniones que los electores estadounidenses tienen de sus políticos, resulta interesante un último dato, para no atiborrarnos de cifras: el 72 por ciento dice que lo mejor sería que en las elecciones los incumbentes debieran ser derrotados, pero… ya vimos que van sin candidato opositor, así que esos votantes se quedarán con las ganas.

Ahora, al grano. ¿Qué puede suceder en estos comicios de medio tiempo? No son pocos los analistas con muy malos augurios para los demócratas, al estimar que no podrán remontar la diferencia que les llevan los republicanos en la Cámara (tendrían que ganar 15 escaños) y donde además dominan los seguidores del ultraconservador Tea Party. Por otra parte, los demócratas hasta pudieran perder la magra mayoría que tienen en el Senado, pues les resultaría más fácil a los republicanos los seis asientos que le hacen falta para lograrlo.

Como resultado, Estados Unidos podría tener un Capitolio mucho más agresivo a favor de las grandes corporaciones, facilitadoras de las aventuras militaristas que increíblemente han proliferado en una administración que se presentó como antibelicista cuando hizo su campaña por el «cambio», y será tan difícil como hasta ahora que se apruebe la reforma migratoria por la que esperan 11 millones de indocumentados y que ya lloran los dos millones de deportados, y que se logren las más simples reivindicaciones de los trabajadores: aumento del salario mínimo y derecho a sindicalizarse.

Políticos, analistas y ciudadanía coinciden en que la economía está en el centro de la situación y este siglo norteamericano lleva la impronta de favorecer cada vez más a la minoría extrema de los más ricos y hacer languidecer en promesas incumplidas y apretones de cinturón a la gran mayoría de los desfavorecidos que solo viven de su trabajo.

El martes 4 de noviembre, la democracia hace su carrera y parece que la pierde.

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