Crazy To Kill

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FUE EN 1995. Scott Panetti, un reo que había matado a sus suegros tres años antes, apareció ante el tribunal tejano vestido de cowboy, exigió ejercer la defensa propia y citó como testigos a Kennedy, a Jesús de Nazaret y al papa entonces felizmente reinante. El hombre había sido diagnosticado formalmente como esquizofrénico pero ello ni disuadió ni al jurado ni al juez a la hora de dictar una sentencia de muerte que hasta el miércoles por la mañana no fue suspendida in extremis por un tribunal federal. Lo que está ocurriendo en Estados Unidos a este respecto es tan tremendo como indica el hecho de que, según los estudiosos del tema, la mitad de los últimos reos ajusticiados habían sido declarados previamente enfermos mentales severos o mostraban elocuentes signos de serlo, un hallazgo que no ha logrado disuadir a más del cuarenta por ciento de los ciudadanos encuestados de su empeño justiciero. Ni siquiera la prohibición dictada por el Tribunal Supremo del país en el año 86, que prohibía expresamente la ejecución de «insanes» (locos en general), ha logrado detener esta barbarie al haber resignado el Alto Tribunal en los jueces locales la facultad de declarar al reo capaz o incapaz de distinguir racionalmente entre el bien y el mal, es decir, de comprender la índole última de sus actos. En Texas, desde luego, tanto los tribunales como los jurados no están por la labor de hilar fino en la mente de los acusados. El que la hizo que la pague y a otra cosa.

A través del Death Penalty Information Center hemos sabido que, en opinión de los expertos, quince de cada cien alojados en el «corredor de la muerte» están, probablemente, más para allá que para acá, y por medio del Dallas Morning News, conocemos la opinión reflejada en el voto particular de uno de los jueces que han intervenido en el caso de Panetti -¡republicano, por más señas!- según la cual estas ejecuciones de anormales vulneran brutalmente la Constitución americana y ponen en cuestión la razón jurídica de la propia pena de muerte. Y es que en esa extraña democracia capaz de asumir su condición de gendarme universal, no es infrecuente la ejecución de dementes o menores de edad, por no hablar de la elocuente estadística penal en la que los reos negros sobrepasan de manera escandalosa a los blancos. ¡Un pirado vestido de vaquero y citando en su defensa al propio Cristo! Hacen falta más razones para bajar del cadalso a un reo en el país de la Libertad.

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