A Night in Manhattan

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En los muros del Bronx las pandillas dialogan de un grafiti a otro, de una pared a un balcón, de techos despedazados a troneras por donde se ve un cielo sucio, como si una gavilla de ángeles hubiera puesto ahí un cenicero que se esparce por los techos, por la ropa tendida al aire libre; puedo ver todo en detalle porque llevo la ventanilla abierta y sé que al doblar el puente, estará ahí, en la misma escalera de incendio, la banderita de Puerto Rico a la que también le cayó ceniza angelical, la que ondea si hay viento del río, o deja ver escarcha en los inviernos.

Al venir de Connecticut, la entrada a Nueva York es por el infierno, o sea por el Bronx; tengo un registro de azoteas que irán apareciendo de acuerdo al ritmo de mi memoria. La que mira a la iglesia, la del reloj con carillón donde se detenían cada mañana Ricardo Ray y Willie Colón, antes de ir a la escuela, la de la pared mordida donde se deslíe un retrato de la Reina Victoria, un viejo aviso de ginebra Bombay, las que se orientan hacia calles donde un sol tísico parece anunciar, por fin, el regreso de Jesucristo sobre los techos de las iglesias bautistas.

Miro el reloj y son un poco más de las seis; con camiones a lado y lado, mi mujer desespera. Tenemos una cena a las siete, en el Alconquin, un hotel “Old fashioned” de Manhattan, donde nos espera Rita Moreno, la primera actriz hispana que recibiera, allá en 1961, el Oscar de la Academia, por su actuación en ‘West Side Story’. Con el rugido del Bronx –este condado neoyorquino ruge como un tigre hambriento- veo a Rita en algunas escenas de su gloriosa película. Baila como se baila en Carolina, en las afueras de San Juan, y habla en un inglés pendenciero, aprendido en esos talleres de modistillas del South Bronx. Evoco también su llegada a Hartford, para recibir el Doctorado Honoris Causa de Trinity College; un sastre azul, Chanel, la misma picardía en la mirada, un esposo judío de Nueva York, Leonard, que ríe con cada una de sus ocurrencias.

Cruzar el nudo del Bronx en pleno ‘rush hour’ –hora pico- es como correr delante de un tigre sin ser alcanzado, para llegar acezante a esa isla donde los vecinos de una avenida pagan anualmente para sembrar tulipanes rojos y amarillos en el jardín central –Park Avenue-, donde los perros llevan vidas de magnates y donde los porteros de edificios parecen almirantes. Cruzamos la puerta del hotel donde nos quedaríamos, angustiados por una ducha que nos quitaría la ceniza de los ángeles. El ‘Hyatt’ relucía a esa hora como una estancia de Dubai. Jeques árabes, seguidos por un séquito de mujeres, paseaban a sus anchas bajo las lámparas de cristal y el sonido tenue del agua que baja por las paredes.

Cuando llegamos al Alconquin, eran casi las nueve de la noche. Ya la cena había pasado, y Rita cantaba ‘Moonlight in Vermont’, subida en un piano. La escena, reproducía un cuadro de una película inspirada en los años 30. En larga mesa, los rostros se veían apenas iluminados por lamparillas dispuestas al frente de cada puesto. Y, sorpresa, a veces el cine se parece a la realidad. Pensé que estaba inmerso en una escena de ‘Mambo Kings’. Esperamos prudentemente el fin de la canción de Rita, e ingresamos. Aquel hombre de cabello blanco, sentado al fondo, como un patriarca, vino hacia mí con los brazos abiertos, como si me conociera de hace años. Era Tito Puente. “Eso te pasa por venir de blanco, dijo mi mujer; pensó que eras un babalao…” Rita se fundió con Lise en un abrazo, y saludamos a Johnny Pacheco y su esposa. El recuerdo de esa noche en Manhattan, titila hasta hoy.

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