US-Cuba Relations

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La reapertura de embajadas de Cuba en Washington y de Estados Unidos de América (EUA) en La Habana es la confirmación del acuerdo entre ambos países de normalizar, de manera definitiva, sus relaciones bilaterales, como resultado de un avanzado proceso de negociación que aún no termina.

Es, por cierto, un acontecimiento histórico en muchos sentidos, de muy compleja realización, que pone fin a más de medio siglo de rompimiento entre la potencia militar y económica más poderosa del mundo, con control hegemónico global, y un Estado-nación cuya fortaleza reside en los principios universales de la autodeterminación y su profundo e irrenunciable sentimiento de identidad nacional.

La trascendencia de la reanudación de relaciones bilaterales entre EUA y Cuba –lo dijimos en comentario editorial anterior– significa un cambio geopolítico y geoestratégico en el continente americano, y tal magnitud explica las preocupaciones, pero también el entusiasmo, sobre los diferentes aspectos –económicos, comerciales, políticos, culturales y sociales—implícitos.

Respecto de tal reanudación de relaciones diplomáticas, económicas y comerciales pueden tejerse –y, de hecho, así sucede—diferentes figuraciones e interpretaciones, pero, en cualquier caso, es sobre la base del entendimiento de la irreversibilidad del proceso, y, objetivamente, de la conformación de un nuevo entorno americano.

Para Latinoamérica, siempre solidaria con el pueblo cubano y su lucha por la autodeterminación, ese proceso de negociación, en condiciones francamente ejemplares en el que se ha impuesto la convicción por la independencia y la soberanía nacional, de cara al poder imperial, tiene, entre sus muchos significados, un sentido de integración americana, continental, que pone fin al panamericanismo de Wilson y Monroe.

La resistencia a la imposición de un estado permanente de excepción por parte de EUA, de guerra sostenida por 56 años contra Cuba, con incansable acoso económico, político, de terrorismo institucional, no tiene parangón en la Historia universal, y, por supuesto, certifica la magnitud del liderazgo político encarnado en Fidel Castro, su comandante.

Asimismo, la decisión de Barack Obama de poner fin a ese conflicto absurdo, entendiéndolo justamente como causa perdida –tal vez prehistórica–, que el mismo pueblo estadounidense ha condenado desde mucho tiempo atrás por ser contrario a su misma vocación –y tradición– libertaria, también aquilata la calidad estadista del presidente norteamericano.

Más aún, si esta decisión conlleva un giro sustancial de la política de EUA hacia América Latina, especialmente en lo que importa a los principios de autodeterminación de los pueblos, al respeto de la soberanía nacional de cada nación-Estado y a la efectiva igualdad en las relaciones entre los Estados, que es, precisamente, la base del entendimiento cubano-estadounidense

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