The Paradox of Hillary Clinton

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El presidente demócrata americano Truman, criticando la incongruencia y el cinismo del republicano Nixon, comentó que era un hombre que podría talar un árbol y acto seguido subirse al tronco caído para hacer un discurso sobre la conservación de la naturaleza.

En la actualidad, a Hillary Clinton también le cuelgan el sambenito de decir en todo momento lo que cree más adecuado para agradar a su audiencia. Ya cuando disputaba el escaño de senador por Nueva York hace algo más de una década, en una muy vista entrevista televisiva que le hizo la pizpireta Katie Couric, la política tratando de congraciarse con los neoyorquinos afirmó que “en realidad, he sido siempre una hincha de los Yankees”. La periodista que se había leído su biografía le replicó: “siempre creí que usted era hincha de los Cubs” y Clinton, impertérrita, contestó: “lo soy, soy hincha de los Cubs” (un equipo de Chicago). Como si aquí, un aficionado del Betis que se presentara como diputado por Madrid dijera que él había sido siempre del Atlético o del Real.

Estas contradicciones le han creado una reputación de persona poco digna de confianza; esa percepción que le viene de antiguo, sin embargo, no le impidió ganar el escaño neoyorquino. Los votantes de ese estado otorgaban a su rival, el antiguo alcalde Giuliani, una dosis de confianza levemente mayor que a Hillary y, a pesar de todo, ella ganó sin excesivos problemas.

El guión se repite. Clinton está enfangada en varios temas que destrozarían la reputación de muchos políticos y sigue a la cabeza de las encuestas. El más vidrioso es el de los correos confidenciales de su época de secretaria de Estado, había utilizado su correo electrónico privado para enviarlos o recibirlos cuando debía haber usado el conducto oficial cifrado. No se trata de un puñado insignificante sino, al parecer, de tres o cuatro centenares. El tema es serio y el reputado “Washington Post” esta semana titulaba una columna de Ed Rogers con “los asesores de Clinton no se aclaran”. En efecto, no explican con convicción si al estallar el escándalo borraron rápidamente una parte de los mismos, cuántas veces la señora Clinton utilizó una vía que podía ser interceptada por enemigos de Estados Unidos en temas delicados que podían afectar a la seguridad nacional o a los intereses económicos del país etc…

La política, tratando de minimizar el tema, declaraba hace días a unos periodistas que “nadie me habla de la cuestión de los correos excepto ustedes”.

Es una exageración, el tema no desaparece, pero Clinton no anda muy desencaminada. Sus encuestas siguen siendo excelentes. La brecha con Sanders, el siguiente aspirante de su partido a la Presidencia, se ha achicado pero continúa siendo muy holgada. Clinton dispone del apoyo del 49% de los encuestados, Sanders del 25%.

Quince meses, lo que falta para las elecciones presidenciales, es una eternidad en política y en ese espacio de tiempo pueden pasar muchas cosas. La señora Clinton, con todo, cuenta con tres bases electorales importantes en las que hoy por hoy mantiene una notable distancia de sus rivales: las mujeres, los hispanos y los negros.

La paradoja, la gran paradoja, es que aunque marcha destacada en la intención de voto, las mismas encuestas muestran que hay bastantes más estadounidenses que desconfían de ella que los que la consideran digna de confianza.

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