Populism Here and There

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Lo que está sucediendo en Inglaterra con el Brexit y en Estados Unidos con la candidatura republicana es una evidencia en favor de esta idea, pero con una interesante adición: los obreros, desempleados y marginados de ambos países han sido capitaneados por dos millonarios elitistas que atizan, sin ningún escrúpulo, sus frustraciones, resentimientos y temores.

Boris Johnson, el líder del Brexit (quien sorpresivamente renunció a su aspiración de ser primer ministro), un personaje educado en Eton y Oxford, con su exquisito conservatismo y su red de relaciones privilegiadas, es la persona menos parecida a un caudillo de los desposeídos. Y en Estados Unidos, el líder que ha logrado el respaldo de millones de desposeídos, con sus promesas de construir un muro en la frontera con México, liquidar los acuerdos de libre comercio y armar a los blancos contra los islamistas, no es otro que el magnate de los hoteles y casinos, Donald Trump.

La gran mayoría de quienes votaron por el Brexit son blancos pobres, con escasa educación, mayores de 30 años, en buena parte desplazados o amenazados por los cambios tecnológicos (en cambio, los más educados, jóvenes y confiados en sus capacidades, masivamente optaron por quedarse en la Comunidad Europea). Y la base que apoya a Trump tiene un perfil parecido: trabajadores blancos, desempleados; gentes temerosas, poco educadas y llenas de prejuicios frente a los latinos y asiáticos; que apoyan el bloqueo a las importaciones de China, Vietnam o México (el perfil de los seguidores de Trump no es muy distinto al de quienes votaron por Bernie Sanders).

El mensaje central del populismo de Johnson y Trump es recuperar la independencia de sus países por medio del cierre de las fronteras. Su vaga promesa es la de reconstruir un mundo del ayer, que en su memoria fue mejor, sin competencia ni extranjeros. En el caso de los británicos de edad avanzada, el Brexit vendió la promesa de reconstruir la pujanza de unas industrias hoy muertas y las glorias del que fue un gran imperio. En el caso de los norteamericanos, el sueño es volver al mundo de antes de los carros y electrodomésticos japoneses y coreanos y, por supuesto, antes de que todo llegara de China y pusiera en duda el predominio de lo “Made in USA”. Estas promesas, por supuesto, son una estafa.

El populismo de América Latina, usualmente de izquierda, también estimula y explota el resentimiento, los miedos y temores de grandes grupos de personas de bajos ingresos. Pero tiene una gran diferencia con el populismo de derecha de Estados Unidos e Inglaterra. Sus líderes —Perón, los Kirchner, la camarilla de Chávez y Maduro, la gente de Lula— no llegan ricos al poder, pero, eso sí, salen millonarios del gobierno. De hecho, esos regímenes son el trampolín para crear nuevas clases dominantes que compiten en riqueza y poder con las antiguas.

A pesar de que está transitoriamente en retirada, nada asegura que el populismo no volverá a tener nuevas oportunidades en América Latina. Los problemas económicos, las desigualdades sociales y, claro, los ejemplos de Trump y el Brexit le abonan el terreno.

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