The End of Spain and Obama’s Dreams

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El 5 de noviembre de 2008, EL MUNDO tituló su primera página: «Obama cambia el color de la Historia». Ocho años después, el Obama que ha visitado España a la carrera -en menos de 24 horas- es un presidente triste al final de su mandato. El único líder del siglo XXI capaz de enamorar a medio mundo sigue bajando las escalerillas del Air Force One con la misma vitalidad, pero ya no es el mismo. Su cabeza ha encanecido y su rostro ya no transmite entusiasmo, sino resignación. Sigue siendo un hombre carismático, capaz de hablar de sus hijas en rueda de prensa, aunque su sonrisa ha perdido brillo. David Remnick, autor de El puente, la biografía más completa del presidente, explicaba así el entusiasmo que suscitó la aparición del líder negro. «El atractivo de Obama es su identidad, sus orígenes, su concepto de sí mismo. Además de sus ideas políticas, lo que proponía como núcleo de su candidatura era él mismo: un joven afroamericano complejo, cauteloso, inteligente y sagaz. Todavía no era un gran hombre, pero sí una promesa de grandeza». En el ocaso de su mandato, Obama es un presidente que ha tenido que renunciar a muchos de sus sueños. El más doloroso, cambiar el color del destino de su raza en EEUU. «Cuando un negro llega al poder tratarán de que juegue con otras reglas», le dijeron en una barbería durante su estancia en Chicago como trabajador social. Lo relata el propio Obama en Los sueños de mi padre, su viaje interior al encuentro con sus raíces africanas, escrito en 1995 con la sinceridad de quien no aspiraba aún a llegar al Despacho Oval. Ocho años de un presidente negro en la Casa Blanca no han sido suficientes para frenar ni la discriminación, ni el odio racial cuyo último estallido violento se ha producido en Dallas. El asesinato de varios policías blancos es otro motivo que evapora los sueños del Obama con mochila que viajó por España cuando era joven. La violencia ha nublado el primer viaje oficial a España de un mandatario norteamericano en 15 años. El primer presidente negro y España han recorrido caminos paralelos hasta llegar a la época del fin de los sueños. En 2008 Obama llegó a la Casa Blanca y en 2008 empezó a apagarse de forma abrupta e inesperada la música de la fiesta española. En ocho años, España y Obama han hecho todo lo posible por escapar a un destino mustio y desesperanzado. Pero en la recta final de su Presidencia, Obama vislumbra con horror cómo se ha incubado el populismo de Trump y es probable que vea como un fracaso la simple posibilidad de que el atrabiliario candidato republicano pueda llegar a la Casa Blanca. España no ha tenido mucha mejor suerte. La crisis ha dejado un país afligido por el paro, la desigualdad y las calamidades de los millones de personas que no han podido vadear la riada.Por eso esta visita exprés, fugaz y triste adquiere un valor metafórico. Como Obama, España es un país triste, desilusionado, sin Gobierno, sumido en la mayor crisis institucional desde la Transición y sin demasiadas esperanzas depositadas en su clase política. La foto apresurada, casi clandestina, con tres líderes políticos en la base de Torrejón es el mayor ejemplo del desorden institucional español que Obama se ha llevado a Washington.

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