Racial Conflict: Obama’s Paradoxical Legacy

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La magnitud de los disturbios acaecidos en las últimas noches en Charlotte tras la muerte de un negro tiroteado por la policía, vuelve a poner de relieve la diabólica combinación que se da en EEUU: una segregación racial imperante, una actuación desmedida de las fuerzas del orden y la manga ancha en la tenencia de armas.

Los agentes que abatieron a Keith Lamont Scott el pasado martes en un aparcamiento se habían desplazado al lugar para detener a otro hombre. En el transcurso de la operación, se toparon con Lamont. Según la policía, este iba armado y «suponía una amenaza de muerte inminente» para ellos. Según los familiares, portaba un libro. Lo único fehaciente es que el gobernador de Carolina del Norte tuvo que declarar ayer el estado de emergencia en Charlotte y ordenar el despliegue de la Guardia Nacional -que cuenta con armamento similar al del Ejército- para intentar controlar un nuevo episodio de estallido social que, de momento se salda con multitud de heridos, dos de ellos de bala. Mientras, en Tilda (Oklahoma) también se viven jornadas de tensión por la muerte el pasado viernes de Terence Kuchner, un afroamericano de 40 años que estaba desarmado.

Paradójicamente, desde que Barack Obama llegó al poder en 2009, la mecha del racismo ha vuelto a prender en un país históricamente marcado por la esclavitud y la segregación. Oakland, Florida, Nueva York y, sobre todo, Ferguson y Dallas, han sido escenarios recientes de polémicas actuaciones policiales contra afroamericanos que han provocado enormes enfrentamientos entre los agentes y manifestantes e incluso actos de venganza como corolario.

Sólo en lo que va de año, 172 negros han muerto por disparos de la policía, lo que supone el 25% de las víctimas totales. Demasiados si tenemos en cuenta que la población afroamericana representa el 13% del total del país. El racismo, la violencia policial, la tenencia de armas y la desigualdad socioeconómica entre blancos y negros es el caldo de cultivo que ha intentado controlar Obama a lo largo de sus mandatos. Pero la oposición política a aumentar los controles de armas, las enormes tasas de desempleo y marginalidad de los negros y las benévolas condenas judiciales contra más que controvertidas actuaciones policiales han hecho del conflicto racial la espina clavada del presidente, que deja en este aspecto una herencia envenenada y plena de heridas abiertas.

Dentro de todo este magma, Donald Trump, poseedor de un especial gatillo fácil para la polémica, ya ha saltado a la palestra: “Los barrios negros están peor que nunca. Lugares como Afganistán son más seguros”. Son inimaginables las peligrosas consecuencias que puede acarrear que un hombre con las ideas xenófobas de Trump llegue a la Presidencia de EEUU. Sobre todo en un momento en el que el histórico recelo que sienten los negros hacia las autoridades del país está mudando en desafecto. El simbólico hecho de que deportistas afroamericanos de élite hayan vuelto a renegar públicamente de emblemas como el himno en una nación con un alto sentido del patriotismo, evidencia la extrema delicadeza de la situación, de cada vez más compleja resolución.

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