The Law of Cause and Effect

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La actualidad mundial y la escalada de cambios sin precedentes a nivel político, social y económico parece corroborar que estamos viviendo un punto de inflexión histórico: una nueva forma de terrorismo global, con ejército y control de amplios territorios en oriente medio; oleadas diarias de inmigrantes y refugiados que Europa se niega a auxiliar; calentamiento global y cambio climático palpable y sin visos de solución; crisis económica planetaria y pérdida de derechos sociales y laborales; aparición de una nueva derecha en el viejo continente con tintes racistas; incluso el confirmado desembarco de un racista con ademanes fascistas a la presidencia de la gran potencia mundial, como ha sido la llegada de Donald Trump.

Los analistas y los medios de comunicación de medio mundo no saben encontrar ni respuestas concluyentes ni explicaciones, y el ciudadano medio está confuso, como si la cascada de acontecimientos fuera un juego inexplicable del azar del que sólo cabe esperar su fin espontáneo. Sin embargo, algunos otros apuntan a las similitudes históricas que desencadenaron la II Guerra Mundial, fruto de la crisis económica del 29, el aumento de las desigualdades económicas que propiciaron el surgimiento de los fascismos y que, como todos sabemos, terminó desatando la guerra más salvaje conocida en nuestra historia.

Las teorías e hipótesis que intentan vislumbrar el brumoso porvenir hablan de conspiraciones bien orquestadas para implantar un nuevo orden mundial, de la inminente llegada de los alienígenas, o incluso de correlaciones astronómicas repetidas a las vividas el siglo pasado justo antes de la gran guerra, para explicar el cúmulo de acontecimientos ominosos; lo único cierto es que todo síntoma debe proceder de una fuente y quizá si analizamos sin prejuicios la actuación del ser humano en las últimas décadas, seríamos capaces de encontrar esas causas.

Las leyes universales siempre se cumplen, y aunque la lógica parezca guiarnos, nos deslumbran más la inercia cultural, el contexto y los sentimientos que la razón. En ese cúmulo, perdemos la guía de un principio que anunció el hermetismo ocultista y que confirmó la ciencia: “Toda causa tiene una consecuencia, y toda consecuencia procede de una causa.”

Es costumbre asentada en nuestras instituciones y gestores atender únicamente a los signos externos más evidentes de un problema. La promesa de una lucha denodada y vehemente contra los enemigos visibles copa las campañas electorales, los anuncios institucionales y las declaraciones dirigidas a los medios de comunicación y a los ciudadanos; no importa que hablen de educación, droga, guerra, paro, desahucios, urbanismo, economía, cultura o medioambiente.

Sin embargo, no hace falta más que indagar en la profundidad del contexto tratado, para advertir que la complejidad y suma de efectos forma una causa raíz que rara vez se intenta desentrañar. Es más, el disfraz de sus síntomas se convierte entonces en la genuina estratagema que delata la falta de una voluntad fidedigna por hallar una auténtica y duradera solución. Tamaña hazaña, sería el acto de una sociedad madura y sabia, pero la nuestra no contempla la posibilidad de analizarse en hondura, porque hacerlo recetaría unos cambios que afectarían a la estructura de la propia identidad y ello, para la civilización contemporánea basada en las reglas del puro intercambio capitalista, es una blasfemia que no se tolera y que se castiga con persecuciones mediáticas y etiquetas de “enemigos” y “desestabilizadores”, para aquellos que osen señalar a las primigenias raíces de un problema.

África y el Tercer Mundo sufren la pobreza, los eternos conflictos armados o la desigualdad social y económica, por sus malos dirigentes que no saben administrar sus riquísimos recursos naturales, y no por las grandes corporaciones del Primer Mundo que proporcionan armas y apoyo encubierto a diferentes facciones para generar sus grandes beneficios, una vez conseguido el derecho de explotación de sus riquezas. Y así las oleadas de inmigrantes están formadas por ingenuos jóvenes que creen que pueden conseguir con facilidad lo que han visto en la tele, sumado a sus ansias de aventura; no porque la extrema necesidad, la guerra o la ausencia de salidas los aboquen a ello.

Los ejemplos podrían desfilar sin descanso, los hay generales, pero también específicos. La amalgama de acontecimientos se nutre de prejuicios y las consecuencias del paro y la crisis simplifican aún más las quejas. La demanda de respuestas hace renacer los nacionalismos y la xenofobia; no es la optimación de beneficios y la deslocalización de la industria hacia países con mano de obra barata y leyes menos estrictas, el origen del desempleo y los recortes sociales, frente a un sistema financiero que siempre se rescata y gana, sino la llegada del extranjero que viene a quitar el trabajo. Y no sólo eso, sino que termina generando delincuencia, porque los que vienen no son buena gente; olvidando que el robo no lo genera el origen cultural sino el económico, y que la delincuencia común nunca surge en las clases altas, porque ésta se nutre de la mera necesidad.

En esta incierta penumbra, amplificada por el crisol poliédrico de fuentes, opiniones, noticias y expertos de la actualidad tecnológica, política y económica, la realidad del día a día se antoja indescifrable, como si los sucesos históricos fueran producto de la casualidad y de la providencia, y no de los pasos instituidos por la humanidad y ejecutada por sus gobernantes y diferentes sociedades.

Les pongo un ejemplo, cuando viví en México por primera vez, allá por el año 1995 la generalizada pobreza y la abismal fractura social me sorprendió, sobre todo porque el pueblo parecía asumirlo como algo inevitable. En ocasiones se podía notar una rabia interior, pero no había quejas, aunque siempre pensé que aquel clima social era una olla a presión que de alguna forma se desataría. Hoy el poder de los cárteles de la droga y su control de amplias zonas del país es consecuencia directa de aquella sociedad desequilibrada económicamente, la semilla se sembró durante décadas y hoy se notan sus síntomas. Igual correlación se puede aplicar a la guerra de Irak y al apogeo del Daesh, o a la pobreza impuesta al tercer mundo y a las oleadas de inmigrantes, o al cambio climático tras décadas de maltratar el medioambiente.

El proceder crea consecuencias, también para una sociedad, si éste fue adecuado recogeremos sus beneficios, sino es de ilusos culpar a la mala suerte. La lógica de actuación del mundo contemporáneo no difiere demasiado de aquel propietario que durante años y ante una gotera no se preocupa más que de poner envases que recojan el goteo, hasta que un día el edificio entero se viene abajo.

El problema y las consecuencias que vivimos son producto de la dejadez a la hora de pedir cuentas y soluciones tangibles y a futuro a aquellos que nos gobiernan, porque al final las consecuencias las pagamos y las seguiremos sufriendo tod@s; a menos claro que pronto, milagro mediante, tomemos conciencia.

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