10 Years On

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Diez años después

Diez años después de iniciada la gran crisis, la mayor sufrida por el mundo desde la Gran Depresión de 1929, la economía mundial ha recuperado un ritmo de crecimiento del 3,5% anual, al tiempo que aumenta el comercio internacional y la creación de empleo en la mayoría de los países, en un clima de confianza generalizada. Pero este ritmo de crecimiento aún es inferior al que se registraba antes del verano del 2007, cuando estalló la estafa de las hipotecas basura en Estados Unidos que dio origen a todos los problemas ­posteriores. Está sustentado, además, en un endeudamiento público y privado excesivo, que supone un riesgo permanente de recaída en la crisis. Pero el mundo se ha acostumbrado, al menos por el momento, a vivir sobre ese volcán.

El estallido de la estafa de las hipotecas basura ( subprime), que inundaron el mundo como productos estructurados de alta rentabilidad, puso al descubierto un sistema financiero que había asumido demasiados riesgos, primero en Estados Unidos y después en Europa y el resto del mundo. La crisis inmobiliaria en Estados Unidos derivó en una crisis financiera, en una crisis de confianza que colapsó el crédito interbancario internacional y, como consecuencia, en una profunda crisis económica, que fue especialmente acusada en España, y que afectó también a la deuda soberana, principalmente de los países más frágiles de la zona euro, que puso en peligro la propia continuidad de la moneda única europea.

La conjunción de todas las crisis citadas fue una tormenta perfecta que puso en jaque al sistema económico y financiero internacional. Se habló entonces de refundar las bases de la economía y las finanzas internacionales y de la necesidad de crear un nuevo orden. Pero, en lugar de ello, se han sostenido las mismas estructuras –y bajo los mismos esquemas–, a base de millonarias inyecciones de liquidez de los bancos centrales y de enormes aportaciones presupuestarias de los estados para tapar los agujeros de la banca, ya que lograr la normalización del crédito se convirtió en el objetivo primordial para restaurar los flujos económicos. Todo ello se hizo a costa de un ajuste brutal que se tradujo en un abultado aumento del desempleo y de las desigualdades, donde España también asumió un triste liderazgo. Aún debe los más de 40.000 millones de euros destinados al rescate de su sistema financiero, que puso fin al conjunto de cajas de ahorros del país.

El sector bancario, el culpable de la crisis, ha sufrido una intensa reestructuración pero se ha hecho más fuerte y más poderoso, con menos entidades aunque mucho más grandes, hasta el punto que se han convertido en un riesgo sistémico permanente muy difícil de controlar por parte de las autoridades financieras internacionales.

A estas alturas, diez años después de iniciada la gran crisis, los grandes bancos centrales todavía sostienen la economía con sus inyecciones millonarias de dinero en el sistema financiero. El gran reto actual es el retorno a la normalidad, que Estados Unidos ya ha iniciado, aunque ello llevará todavía bastante tiempo, mientras la Unión Europea y China aún no se lo han planteado.

El problema, para el que no se ha encontrado solución por el momento, es que la economía, con la ingente cantidad de recursos financieros que recibe prácticamente gratis, debería crecer y crear empleo con mucha más intensidad de lo que lo hace, al tiempo que se debería avanzar hacia una mayor redistribución de la riqueza, para combatir las crecientes desigualdades, objetivo en el que el mundo –incluida España– también está encallado.

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