Trump and Putin Bring New Era to the Stage

 

 

 

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VEINTIÚN años después de que Bill Clinton y Borís Yeltsin se entrevistaran en Helsinki, esta misma ciudad fue escenario ayer de la reunión de otro presidente estadounidense con su homólogo ruso. Donald Trump y Vladímir Putin se encontraron en la capital finlandesa en una cumbre que no tenía agenda previa de trabajo y de la que casi nadie esperaba resultados concretos a menos que la imprevisibilidad del presidente Trump propiciase un desenlace inesperado.

Y, ciertamente, no se han producido resultados concretos pero sí la sensación, escenificada por ambos mandatarios, de que se ha abierto una etapa en la que el diálogo sea el protagonista para restaurar la confianza mutua tanto en la relación bilateral como para trabajar juntos ante las crisis internacionales. “La guerra fría es cosa del pasado”, dijo Putin. “Las relaciones con Rusia nunca habían sido peores pero todo ha cambiado en cuatro horas”, afirmó Trump. Un intento de dar a entender que no hay motivos para mantener la tensión que ha presidido las relaciones entre ambos países los últimos años.

Ambos estadistas hablaron del desarme nuclear, del conflicto sirio, pero especialmente de la presunta injerencia rusa en las elecciones presidenciales del 2016. Putin la negó tajantemente –“enséñenme una sola prueba”– aunque admitió que prefería el triunfo del candidato republicano “porque Trump quería mejorar las relaciones con Rusia”. El presidente estadounidense no sólo aceptó sin objeciones la negativa de Putin sino que no tuvo reparos en decir que la investigación judicial en marcha en Estados Unidos “es un desastre para nuestro país porque nos ha separado de Rusia”.

La política americana respecto de Rusia vive dos realidades paralelas. Por un lado los servicios de inteli­gencia acusan al Kremlin de haber orquestado una campaña de ciberataques en la campaña electoral del 2016 para favorecer a Trump por la cual se ha imputado ya a ­doce ciudadanos rusos. Por otro lado, el presidente va por libre, nunca critica a Putin ni a Rusia por esa presunta injerencia electoral –que ayer volvió a negar, haciendo de abogado de Rusia– y descalifica la investigación que está efectuando su propia Administración, como reiteró en la rueda de prensa conjunta, poniéndose de lado del líder ruso.

Putin llegó a Helsinki reforzado por el éxito organizativo del Mundial de fútbol y Trump lo hizo tras disparar a diestro y siniestro contra sus aliados de la OTAN y criticar a la primera ministra británica. Putin se marcha de la capital finesa habiendo logrado un doble objetivo: legitimidad internacional y el reconocimiento del estatus de Rusia como potencia mundial. Trump lo hace dejando la sensación de haber hecho muchas concesiones a su “competidor”, como definió a Putin.

En lo que sí coinciden ambos líderes es en que a los dos les interesa una Unión Europea debilitada. A Donald Trump, porque ello favorecería la guerra comercial que ha entablado con Europa –el domingo llegó a decir que “la Unión Europea es un enemigo de Estados Unidos”– y su exigencia a los europeos de una mayor contribución económica a la OTAN en materia de defensa. A Vladímir Putin, porque a una Europa fragmentada le sería más difícil hacer frente a las amenazas que Rusia puede suponer en materia de seguridad, como ha venido haciendo hasta ahora con sanciones económicas y comerciales por la política del Kremlin en Ucrania. Veremos si en el futuro Trump y Putin coinciden en algo más.

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