Trump Follows 1 Rule to the Letter: Wash Your Hands

 

 

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El mundo está puesto a prueba, tanto sus gobernantes, como el terrícola más simple. Algunos tiran golpes a ciegas, otros acuden a la ciencia y a las más prestigiosas entidades de salud, así como a la comprensión inteligente de sus pueblos y a la profesionalidad y la abnegación del personal médico para enfrentar una pandemia desconocida, por tanto llena de incógnitas, la cual ha conducido, además, a una crisis económica que ya se considera peor que la Gran Depresión del pasado siglo.

Mientras la Organización Mundial de la Salud alerta que todavía queda «un largo camino por recorrer» para hacer frente a la crisis del coronavirus en todo el mundo, y advierte contra la complacencia, insistiendo en que las medidas de encierro sin duda ayudan a frenar la propagación del virus, en Estados Unidos y Europa —fundamentalmente—, los Gobiernos parecen ponerse las mascarillas o nasobucos sobre ojos y oídos y toman acciones contrarias, y dictan medidas de reapertura de las economías poniendo fin al distanciamiento social, pero salvando los grandes negocios.

Ante esa situación, el relator especial de la ONU sobre derechos humanos, Philip Alston, ha dicho que «las políticas de muchos Estados reflejan una filosofía darwinista social que prioriza los intereses económicos de los más ricos, al tiempo que hace poco por aquellos que trabajan duro proporcionando servicios esenciales o no pueden mantenerse a sí mismos»… «Esta es una crisis que afecta desproporcionadamente a las personas pobres».

Y otra entidad de la ONU, el Programa Mundial de Alimentos, señala que la pandemia de coronavirus «causará una hambruna de proporciones bíblicas», y debe actuarse ahora para evitar 256 millones de hambrientos. Más de 30 países del mundo en desarrollo podrían experimentar una hambruna generalizada, y en diez de esos países ya hay más de un millón de personas al borde de la inanición, según David Beasley, director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos.

Las cosas van de mal en peor, no caben dudas, y la incertidumbre se expande tan rápido como el coronavirus, que a estas alturas a nivel mundial ha infectado a más de 2 600 000 personas y provocado más de 190 000 muertes; pero también las medidas de paralización —total o parcial— que ya alcanzan a 2 700 millones de trabajadores, es decir: alrededor del 81 por ciento de la fuerza de trabajo mundial está sin empleo.

En Estados Unidos se acumulan buena parte de esas cifras. Los afectados por la Covid-19 son 905 364 casos y 51 956 los fallecimientos. Por ahora, los números siguen en aumento y no hay uno solo de los 50 estados de la Unión fuera de ese registro, con los mayores dígitos en Nueva York.

Todo parece indicar que la única recomendación que Donald Trump ha tomado en serio durante la pandemia y en su manejo de esta crisis es «lavarse las manos frecuentemente», por eso busca a responsables de cada uno y cualquiera de sus fallos en otros: China, el Gobernador de Nueva York, el Director General de la Organización Mundial de la Salud, los Gobernadores que quieren mantener las distancias sociales.

Tampoco le vienen bien los que siguiendo su decir abren peluquerías, gimnasios o restaurantes. Para Trump, los médicos y científicos no saben lo que hacen y él recomendó utilizar como medicamento un coctel «milagroso» de hidroxicloroquina, cloroquina y azitromicina…

Más recientemente dio muestra de total locura o irresponsabilidad genocida al asegurar que deben ponerse inyecciones de desinfectantes y curas de sol y calor ultravioleta… aunque luego dijo que había estado bromeando; pero la declaración fue tan ciertamente seria como inepta.

Con esa declaración en la conferencia de prensa diaria sobre la pandemia —asumida por el mandatario como principal y casi único protagonista—, los expertos en salud en el grupo de trabajo de coronavirus de la Casa Blanca están siendo puestos cada vez más en total embarazo y en situación difícil por el carácter anticientífico de las informaciones, anuncios y acciones de la administración, para las cuales, además, les exige apoyo.

Estas son tres de sus puestas en escena de la última semana: El miércoles instó a Robert Redfield, el director de los Centros para el Control de Enfermedades (CDC), a denunciar públicamente un titular del diario The Washington Post que citaba correctamente a Redfield diciendo que una segunda ola de coronavirus podría resultar más difícil para Estados Unidos.

El jueves, una vez más, Trump discrepó públicamente con el doctor Anthony Fauci, el principal experto en enfermedades infecciosas de su Gobierno, diciendo que la capacidad del país para realizar las pruebas era adecuada después de que el médico dijera horas antes que el país necesitaba «aumentar significativamente» sus capacidades.

Ese mismo día, el Presidente puso en apuros a la doctora Deborah Birx, coordinadora gubernamental del enfrentamiento a la Covid-19, con la propuesta de inyectar a los pacientes con desinfectante o exponerlos a luz ultravioleta. Ya hay afirmaciones noticiosas de que más de un centenar de personas han sido atendidas en los hospitales por haber consumido desinfectante luego de la recomendación trumpiana.

Ni Fauci ni Birx aparecieron en la reunión informativa del viernes, que terminó abruptamente después de 21 minutos cuando Trump salió de la habitación sin tomar preguntas por primera vez en semanas. Se ha dicho que esas conferencias de prensa puede que no sean diarias a partir de ahora, o al menos no cuenten con la presencia del presidente Donald Trump. Ya veremos.

El problema es bien complicado; por supuesto, Trump no es médico, pero se cree Dios, y esto es lo execrable en sus requerimientos y actuaciones.

Es evidente que el Presidente de Estados Unidos ha convertido la pandemia en un asunto político y ha transformado la diaria conferencia de prensa en su podio electoral, aunque ya algunos de sus correligionarios conservadores están viendo ciertos resultados negativos en ellas por sus enfrentamientos y ataques a los corresponsales de los grandes medios en la mansión ejecutiva y los reportes críticos de sus festinados comentarios, los cuales aumentan en la prensa estadounidense.

Desesperado, así podríamos describir a Donald Trump en estos momentos, y las huestes ultraconservadoras y de extrema derecha que —incluso armadas— han salido a las calles de importantes ciudades para exigir la eliminación de las restricciones para detener la propagación del coronavirus y han insultado y amenazado a médicos y enfermeras, no han tenido el apoyo de la inmensa mayoría de los estadounidenses, para quienes es más importante su vida que una restauración de la economía que pasaría por su salud.

Sin embargo, Trump empuja para levantar una economía en la que basaba una victoria arrolladora que le garantizaría cuatro años más en la Casa Blanca. El camino al 3 de noviembre está ahora lleno de obstáculos, y quién sabe cuánto hará el mandatario para allanarlo nuevamente.

Por ahora, los medios no han puesto mucha atención a esta advertencia del aspirante demócrata Joe Biden, haciendo desde su distanciamiento social una desventajosa carrera a la Presidencia: «Graben mis palabras: creo que va a tratar de retrasar las elecciones de alguna manera, va a llegar a una explicación de por qué no se pueden celebrar…».

No pocos están pidiendo votación por e-mail para garantizar las elecciones. Piden salvar «la democracia». No se sabe si los tomarán en cuenta, como tampoco se sabe cuánto durará la pandemia y a cuántas vidas más se llevará en una nación dirigida por un desequilibrado. También en este asunto, el susodicho se lava las manos.

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