Joe Biden Faces the North Korean Problem

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Reformular la política hacia Corea del Norte, que sigue encaminada a desarrollar su poder nuclear, es uno de los grandes desafíos del nuevo presidente de Estados Unidos.

Uno de los mayores desafíos de política exterior que tendrá Joe Biden será Corea del Norte. El flamante presidente estadounidense ha emitido algunas señales al respecto, dando a entender que habría una profunda revisión del singular enfoque que adoptó Donald Trump para afrontar esta delicada cuestión.

Biden ha sido muy crítico del estilo personalista, unilateralista y concesivo de Trump para con el joven dictador Kim Jong-un. El líder demócrata ya anticipó que, a diferencia de su antecesor, solo estaría dispuesto a reunirse con Kim si este aceptase reducir su arsenal nuclear, sin ningún tipo de concesiones previas. Por otra parte, los EE.UU. promoverían un refuerzo de las sanciones económicas sobre el régimen, fijando a su vez como prioridad la rehabilitación del diálogo trilateral con Corea del Sur y Japón.  Si bien no fue mencionado explícitamente, se asume que Biden también intentará algún nivel de coordinación con China, algo a priori inevitable.

Un buen indicador del rumbo que adoptará la nueva administración de Biden respecto a Corea del Norte fue la designación dentro del Departamento de Estado de Jung Pak, una experimentada académica y funcionaria de inteligencia coreano-norteamericana, quien liderará la task force encargada de asesorar sobre la relación con Pyongyang. Pak aboga por la desnuclearización total de la península y ha sido una crítica feroz de las “pomposas” e “inconducentes” cumbres entre Trump y Kim.

En un reciente libro de su autoría, la nueva asesora de Biden argumenta que Kim es un actor racional que no quiere la guerra con Estados Unidos, pero tampoco es probable que alguna vez renuncie a sus armas nucleares, ya que son “identitarias del régimen”. Kim tampoco podría renunciar a su arsenal a cambio de beneficios económicos, como supuestamente especulaba Trump, ya que sería visto como una traición inaceptable al legado de sus predecesores. Según Pak, Kim aspira a la prosperidad económica, pero la quiere en sus términos, imponiendo condiciones de igual a igual. Este habría sido, a su entender, el gran error de cálculo de Trump y sus estrategas.

Como legado de la errática política de Trump hacia Corea del Norte, no caben dudas que Pak acierta al advertir que Kim luce más envalentonado frente a Washington. Desde la óptica triunfalista de Pyongyang, el “amado líder” habría logrado que los EEUU pasen de una postura de máxima presión a una gran flexibilización con inéditas concesiones, como ser la suspensión de los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur. Biden estaría decidido a retrotraer estas decisiones y adoptar la senda de las duras sanciones. El veterano líder sabe que tampoco hay margen para retomar la postura ambigua de “paciencia estratégica”, de los tiempos de Barack Obama.

Otro cambio que promovería Biden sería restaurar el cargo de “enviado especial para los derechos humanos en Corea del Norte”, buscando mayor eco internacional sobre los abusos del régimen. Como botón de muestra, vale la pena prestar atención a la fuerte campaña mediática promovida por los EEUU a través de sus embajadas sobre la situación de la minoría Uigur que habita la región autónoma china de Xinjiang.

Paradojalmente, hay profundos intereses compartidos entre Washington y Beijing acerca de garantizar la estabilidad y desnuclearización de la península coreana. No se puede negar el rol decisivo que ha tenido Xi Jinping en la contención de Kim, al tiempo que China sigue siendo el gran sostén para evitar el colapso económico total de Corea del Norte. Otro tanto se debe a Rusia, un actor aún más incómodo para Washington en la región, aunque también decisivo. En ese sentido, Biden es consciente que la gran línea roja para Beijing y Moscú sería una eventual reunificación de la península bajo la constitución de un régimen pro-occidental.

Estimaciones de agencias de inteligencia indican que el comercio de Corea del Norte, ya duramente afectado por el efecto de las sanciones, se redujo en un 80% interanual en 2020. Para remediar la situación, Kim ha vuelto a apelar a su único libreto: mayor presión estatal sobre la economía y feroz represión a las voces críticas. Y lo más alarmante: las pruebas nucleares y misilísticas no cesaron durante el año pasado.

No caben dudas de que Biden hereda una bomba de tiempo que nadie en la región quiere que explote. El tiempo dirá si la nueva estrategia estadounidense es viable, sobre todo teniendo en cuenta la complejidad del asunto y los diversos actores involucrados.

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