Trucks and Texas

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Texas y los camiones

La medida tomada por el gobernador Abbott en Texas ha causado pérdidas por unos 45 mdd a transportistas mexicanos y empresas binacionales en muy pocos días.

La medida dictada hace una semana por el gobierno del estado de Texas ha causado ya una pérdida aproximada de 45 millones de dólares a transportistas mexicanos y empresas binacionales en muy pocos días.

La instrucción fue detener y revisar la mayor cantidad de transportes de carga que cruzan la frontera entre México y Texas. El propósito, detener migrantes ocultos en los extensos camiones de una y dos cajas –contenedores de carga– que cruzan a territorio estadounidense.

Podría parecer una medida aislada del gobernador Greg Abbott que quiere posicionarse frente a sus electores y frente al Partido Republicano con miras a las próximas elecciones.

Y hasta ahí, estaría todo en el marco de la lógica política republicana antiinmigrante, con fuertes vínculos aún con el expresidente Donald Trump. Pero lo cierto es que el contexto es más complejo.

La relación México-Estados Unidos se ha venido complicando en los últimos meses. Tensiones crecientes aparecen en el terreno binacional, en buena medida por la cerrazón, terquedad y torpeza política del presidente mexicano.

Como nunca antes, funcionarios de alto nivel de Washington han visitado México los últimos 14 meses. Con la llegada al poder de Joe Biden y el firme propósito de construir una relación sólida, de aliados, dialogante y productiva, el presidente estadounidense ha enviado a siete colaboradores cercanos, integrantes de su gabinete. Desde el secretario Mayorkas, de Seguridad Interna, consejeros de comercio, seguridad nacional, embajador especial para el Medio Ambiente y hasta la vicepresidenta Kamala Harris.

López Obrador juega a los espejos: te veo, y no te veo, y lo que ves es mi reflejo.

Con extremo desconocimiento ha desestimado las visitas, los mensajes y las invitaciones continuas al diálogo, la colaboración y el entendimiento.

Recordemos que el TMEC (tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá) fue negociado por la administración anterior de Enrique Peña Nieto. Ante los desplantes de Trump por ‘rebalancear’ el comercio binacional, lanzó una ofensiva para reconstruir el acuerdo. No vino mal, considerando los más de 25 años de vigencia del anterior (TLCAN). El equipo profesional del gobierno mexicano encabezado por Ildefonso Guajardo, entonces secretario de Comercio, con el grueso de expertos, internacionalistas y profesionales en sus áreas, logró, a pesar de las asperezas, un buen acuerdo.

El gobierno de AMLO envió a Jesús Seade como observador acompañante del equipo negociador, con la clara instrucción de proteger y resguardar el tema energético y petrolero, especialmente.

Hoy, con dos años de pandemia y derrumbe comercial de por medio, tenemos graves riesgos en nuestra relación: la industria automovilística enfrenta el tema de la carestía de chips para las computadoras de los autos; el ‘subsidio’ americano a automóviles híbridos y eléctricos en los siguientes años nos coloca en desventaja; hay sanciones al aguacate en lo agrícola; hay serios problemas en materia de seguridad, violencia y narcotráfico que este gobierno ha preferido no atender.

Si a eso sumamos la cascada de demandas en tribunales norteamericanos por los cambios en la industria eléctrica que afectan unos 10 mil millones de dólares de inversión estadounidense en nuestro país, el escenario se enturbia.

A pesar de los denodados esfuerzos del canciller Ebrard por contener los arrebatos y ocurrencias de su jefe –como poner en suspenso la relación con España, que finalmente corrigió a las empresas españolas, o de acusar de injerencista el llamado del secretario de Estado Blinken para proteger la vida de periodistas mexicanos, que AMLO acusó de injerencista– en Washington la buena disposición hacia México está a punto de desmoronarse.

Y si además quedamos en medio de la batalla polític1o-electoral rumbo a 2022 –renovación del Congreso– y la de 2024 con elecciones presidenciales, nuestro futuro inmediato con Estados Unidos no promete buenos tiempos.

Asperezas en lo político, desencuentros en seguridad, desatención en materia migratoria, total abandono en comercio, ceguera absoluta en ecología y protección al medioambiente, además de un tono francamente hostil y torpe desde la presidencia mexicana, pintan un escenario muy complejo.

Agregue usted el enorme desatino de no condenar la invasión de Rusia, y para colmo y desgracia de México, un grupo de diputados provenientes de la década de los 60 y la Guerra Fría instaló un Grupo de Amistad México-Rusia.

La medida tomada por el gobernador Abbott en Texas es incómoda, molesta, costosa para los transportistas, y se inscribe más en la política interna de EU. Pero se suma a un contexto sombrío, negativo y de desconfianza entre ambos gobiernos.

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