The 2nd Attack on the Capitol

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El segundo asalto al Capitolio

Los republicanos no pueden siquiera pensar en organizar la elección de su candidato presidencial sin haber resuelto el entuerto que supone la presencia y la herencia de Trump

Los sucesivos fracasos hasta por fin haber elegido al nuevo presidente de la Camara de Representantes de Estados Unidos han trazado en Washington un episodio que bien podría calificarse de piratería política. Se podría considerar como una prolongación de aquel violento asalto al Capitolio, del que se cumplen ahora dos años. No se han visto, como entonces, los estrambóticos personajes ataviados con cuernos y pieles, pero en ambos casos se trata de ataques a la institución que representa a los ciudadanos. Con violencia en un caso; con desprecio al sentido común en el otro, porque en estos graves momentos, solo los enemigos de la democracia –Vladímir Putin a la cabeza– se pueden alegrar de esta crisis del poder legislativo. Después de todo lo que se vio durante el mandato de un presidente como Donald Trump, no se entiende bien que una minoría, a la que ni siquiera apoya este último, haya actuado con el mayor desprecio hacia la institución para la que han sido elegidos, en nombre de unas ideas que no han servido más que para dividir peligrosamente a la sociedad norteamericana.

Después de haber obtenido una victoria pírrica en las elecciones intermedias del pasado noviembre, este vodevil en el que ha dejado al Partido Republicano en una situación extremadamente delicada. Debe reencontrar cuanto antes su tradicional posición razonable como fuerza conservadora, o de lo contrario va a contribuir a ahondar la grieta que separa políticamente en dos a los ciudadanos estadounidenses. Tras tener que realizar 15 votaciones para elegir al presidente de la Cámara de Representantes, que es la tercera autoridad del país, los republicanos no pueden siquiera pensar en organizar la elección de su candidato a las próximas presidenciales sin haber resuelto antes el entuerto que supone la presencia y la herencia de Donald Trump. Quedarse anclados en la figura del polémico expresidente sería un lastre probablemente insuperable para la supervivencia del partido.

Desgraciadamente, lo sucedido en el Capitolio revela precisamente que la era Trump aún no se ha cerrado, y que hasta que los norteamericanos no puedan pasar página seguirán produciéndose episodios negativos para la estabilidad del país. Los aliados de Estados Unidos en el mundo, sobre todo aquellos que, como los miembros de la OTAN, se han involucrado en la defensa de Ucrania ante la invasión rusa, no pueden sino contemplar con inquietud lo ocurrido en una Cámara que debe aprobar, entre otras cosas, el mantenimiento de este esfuerzo militar.

La democracia es un sistema muy eficiente, y la que crearon los ‘padres fundadores’ en Estados Unidos ha demostrado sobradamente su capacidad de resistencia ante las crisis. Sin embargo, las instituciones políticas son esencialmente frágiles, y se sustentan, sobre todo, en el prestigio que insuflan aquellos a los que se les ha encomendado dirigirlas, que es lo que permite que sean respetadas por los ciudadanos. Y en este caso en Estados Unidos hace ya un tiempo que la irresponsabilidad política está haciendo mucho daño a los cimientos de las principales instituciones del Estado. Precisamente, el Partido Republicano ha sido durante décadas el representante más claro de esta defensa necesaria de la legalidad y la institucionalidad, y será muy difícil que la política norteamericana recupere la estabilidad y la concordia si esta formación no logra superar decentemente esta etapa de turbulencias.

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