Petro hasn’t just isolated himself; he has made himself a political target. His “total peace,” which until now has only benefited the drug cartels, makes him a hindrance in Washington’s view.
In Colombia, the scandalous is no longer shocking. We have gotten to a point where the inclusion of a president on the Clinton List — a diplomatic sanction that in the past would have shaken a country — is received with a certain indifference. Nowadays, a scandal lasts less time than a meringue in a school doorway; it burns for a couple of minutes on social networks and evaporates before the country digests it.
It’s unprecedented in our history for the head of state to be associated with a tool designed to sanction drug traffickers, money launderers and authoritarian regimes. It’s worth remembering that Ernesto Samper Pizano,* who had the most chaotic relationship with the United States, was only decertified and lost his visa, but they didn’t dare, not even then, to put him on this shameful list.
The Foreign Narcotics Kingpin Designation Act — known as the Clinton List — isn’t a list of suspects; it’s a sanction that seriously affects the reputation and financial capacity of those who appear on it. Around the world, those listed include characters such as Joaquín “El Chapo” Guzmán, the leaders of the Sinaloa Cartel, the government of Nicolas Maduro and his ministers, banks in Iran and North Korea, and organizations linked to terrorism. For a democratic president to be placed in the same category, right or wrongly, is itself an institutional tragedy.
The gravity of the situation doesn’t allow for half measures. If his inclusion on the list is unfounded, Gustavo Petro has an obligation to demand a public correction. Yet, it’s been five days since the the event and nothing has happened.
Of course, we don't mean to absolve Donald Trump of responsibility. His warmongering vision and his desire to turn the war on drugs into a platform for power has led the U.S. to take dangerously interventionist, unilateral and aggressive stances.
However, as much as we condemn [Trump’s] ill-tempered style, we must also demand that Petro act with a minimum of statesmanship. Going out on the streets of New York with a megaphone, asking U.S. troops to disobey Trump, is a strategic blunder. He also turned a blind eye when affected groups shot arrows at the [U.S.] embassy in Bogota.
Instead of acting cautiously and responsibly, Petro went out of his way to openly provoke Trump, who’s on the warpath. Despite the skeletons in his closet — a campaign under investigation, his opaque relationships and erratic foreign policy — Petro opted to challenge the guy who today decided to declare an unprecedented war on drugs in which Colombia is an easy target.
It seems Petro doesn’t understand, or has dangerously underestimated, the current state of geopolitics. The global landscape has been reconfigured. After “resolving” the war in the Middle East, Trump has immersed himself in another war against drug trafficking in Latin America, sending a resounding war cry: “It should now be clear to the entire world that the cartels are the ISIS of the Western Hemisphere.” Congress authorized Trump to use direct force against those cartels, a kind of “license to kill” that’s turned Latin America into a theater of military operations.
And it’s not just rhetoric. In recent weeks, the U.S. has shot missiles at 14 boats in the Caribbean and the Pacific, resulting in approximately 51 casualties in Venezuela and Colombia’s area of influence. The four ships attacked yesterday were in the Pacific, as if to send a direct message to Colombia.
And as part of this escalation, the USS Gerald R. Ford, the world’s largest and most advanced aircraft carrier, capable of operating independently for months, was deployed to the region. This deployment is a clear message: The U.S. is ready to take decisive action. These aren’t academic or diplomatic debates at the U.N.; it’s about the sovereignty of shipping routes and control over transnational crime on the grounds of national security.
Petro hasn’t just isolated himself in this new landscape, he’s made himself a political target. His “total peace,” which until now has only benefited the drug cartels, the way he dismantled the anti-drug cooperation agreements and his ambiguous — if not complicit — relationship with Maduro, makes him a hindrance in Washington’s view.
The diplomatic noose is increasingly tightening. Petro has avoided condemning the systematic human rights violations in Venezuela, he has praised Maduro, and he came out to defend him, saying that the Cartel de los Soles doesn’t exist. Why is he so lukewarm in the face of a proven dictatorship? Why is his government avoiding giving clear answers to questions about potential financial irregularities in [Maduro’s] campaign?
* Translator’s note: Ernesto Samper Pizano served as the president of Colombia from 1994 to 1998.
Petro y el error de subestimar a Trump
Petro no solo se ha aislado: se ha convertido en un blanco político. Su “paz total” que hasta ahora parece solo ha traído beneficios a los carteles de la droga, lo ubican, en la lectura de Washington, como un obstáculo.
En Colombia ya no escandaliza lo escandaloso. Hemos llegado al punto en que la inclusión de un presidente en la lista Clinton —una sanción diplomática que en otro tiempo habría estremecido al país— se recibe con cierta indiferencia. Hoy un escándalo dura menos que un merengue en la puerta de un colegio: arde unos minutos en redes y se evapora antes de acabar de ser digerido por el país.
No tiene precedentes en nuestra historia que el jefe de Estado aparezca asociado con una herramienta diseñada para sancionar a narcotraficantes, lavadores de activos y regímenes autoritarios. Cabe recordar que a Ernesto Samper, que tuvo la relación más caótica con Estados Unidos, tan solo lo descertificaron y le quitaron la visa, pero no se atrevieron, ni siquiera entonces, a incluirlo en esta deshonrosa lista.
La Foreign Narcotics Kingpin Designation Act —conocida como lista Clinton— no es una lista de sospechosos: es una sanción que afecta gravemente la reputación y la operatividad financiera de quienes allí figuran. En el mundo han sido incluidos personajes como Joaquín “El Chapo” Guzmán, líderes del Cartel de Sinaloa, el gobierno de Nicolás Maduro y sus ministros, bancos en Irán y Corea del Norte, y estructuras ligadas al terrorismo. Que un presidente democrático esté –justa o injustamente– en ese mismo catálogo es una tragedia institucional en sí misma.
La gravedad del caso no admite medias tintas. Si la inclusión es infundada, Petro tiene la obligación de exigir una rectificación pública; de lo contrario, es él quien debe responderle al país. No obstante, cinco días después de lo ocurrido ni una ni otra cosa ha pasado.
No se trata, por supuesto, de eximir a Donald Trump de responsabilidad. Su visión belicista y su afán por convertir la lucha contra las drogas en una plataforma de poder han llevado a Estados Unidos a asumir posturas unilaterales, agresivas y peligrosamente intervencionistas.
Pero así como se puede denunciar ese estilo atrabiliario, también tenemos que exigirle a Gustavo Petro actuar con un mínimo criterio de estadista. Salir a las calles de Nueva York con un megáfono, pidiéndoles a los soldados de Estados Unidos que desobedezcan a Trump, es una torpeza estratégica. Y más, hacerse el de la vista gorda cuando grupos afectos a él atacaron con flechas la embajada de ese país en Bogotá.
Petro, en vez de actuar con prudencia y sentido de Estado, salió a provocar abiertamente a Trump que está en pie de guerra. A pesar de su rabo de paja —una campaña bajo sospecha, relaciones opacas y una política exterior errática—, eligió desafiar a quien hoy ha decidido declarar una guerra contra las drogas de la que no se tiene memoria y de la cual Colombia es blanco fácil.
Petro parece no haber entendido —o subestimó peligrosamente— la dimensión geopolítica del momento. El tablero global se ha reconfigurado. Donald Trump, luego de “resolver” la guerra en Oriente Medio, se enfrascó ahora en una nueva guerra: contra el narcotráfico en América Latina. Su grito de guerra fue sonoro: “debe quedar claro para todo el mundo que los carteles son el ISIS del hemisferio occidental”. Recibió autorización del Congreso para el uso de la fuerza directa contra esos carteles. Una suerte de “licencia para matar” que ha convertido a América Latina en un teatro de operaciones militares.
Y no es sólo retórica: en las últimas semanas, Estados Unidos ha atacado con misiles 14 lanchas tanto en el Mar Caribe, como en el Océano Pacífico, con cerca de 51 asesinados, en la zona de influencia de Venezuela y Colombia. Las cuatro atacadas ayer fueron sobre el Pacífico, como si se tratara de un mensaje directo a Colombia.
Y como parte de esta escalada, se ha desplazado a la región el USS Gerald R. Ford, el portaaviones más grande y avanzado del mundo, con capacidad para operar de forma autónoma durante meses. Este despliegue es un mensaje inequívoco: Estados Unidos está listo para tomar acciones decisivas. Lo que está en juego no son debates académicos ni diplomáticos en Naciones Unidas; es la soberanía de las rutas marítimas y el control del crimen transnacional con criterios de seguridad nacional.
En ese nuevo tablero, Petro no solo se ha aislado: se ha convertido en un blanco político. Su “paz total” que hasta ahora parece solo ha traído beneficios precisamente a los carteles de la droga, la manera como desmanteló los acuerdos de cooperación antidrogas y su ambigua —cuando no cómplice— relación con el régimen de Nicolás Maduro, lo ubican, en la lectura de Washington, como un obstáculo.
El cerco diplomático cada vez se cierra más. Petro ha evitado condenar las violaciones sistemáticas de derechos humanos en Venezuela, ha elogiado a Maduro y ha salido a defenderlo diciendo que no existe el Cartel de los Soles. ¿Por qué tan tibio frente a una dictadura probada? ¿Por qué su gobierno evita responder con claridad a las preguntas sobre la posible financiación irregular de su campaña por parte de Caracas?
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Trump ... is certainly finding out in this region that a 'special operation' can quickly turn into a quagmire, and that the Middle East is not Venezuela.