The Shield of the Americas, which includes 19 Latin American countries, is a brand-new initiative spearheaded by President Donald Trump. It has approved a joint declaration of war on the National Liberation Army and 23 other armed organizations — including dissident factions of the Revolutionary Armed Forces of Colombia, as well as the Autodefensas Gaitanistas de Colombia (the Gulf Clan). The signatories say they will intensify crackdowns and take judicial and financial measures to put an end to these groups’ criminal activities.
Another action under this agreement will be to secure the support of the Organization of American States to facilitate joint military security operations within the territory covered by OAS member countries.
It is common knowledge that Venezuela is not part of the Shield of the Americas. It is also recognized that Venezuela has served as a safe haven for Colombian narco-terrorists who have found refuge within its territory — a situation facilitated, or at least encouraged, by the acquiescence of the Maduro-Cabello-Rodríguez regime, with the collaboration of the military leadership and the armed forces.
Plan Patriota 2, part of the new Abelardo de la Espriella administration’s 2026-2030 Defense, Security and Civic Coexistence Policy, has made the border one of its strategic focal points. In fact, recent military operations along the border have neutralized narco-guerrilla units and eliminated insurgent leaders. This is evidence of the new administration’s determination to use its resources, in conjunction with those of the United States, to impose order and restore the state’s effective control over territories occupied by criminal organizations. In Colombia, Plan Patriota 2 is also responsible for systematically targeting the illicit economies that finance them.
As early as mid-2025, some Colombian media outlets were warning that the National Liberation Army’s alliance with Venezuelan forces “has allowed them to establish drug trafficking corridors, safe zones, illicit military operations and extractive activities along the Colombian-Venezuelan border, particularly in the departments of Arauca and Norte de Santander, specifically in the Catatumbo region.”
But it is now well known — and the facts supporting this are documented in various Colombian intelligence reports and backed by Middle Eastern intelligence agencies — that the National Liberation Army’s armed alliance with authorities on Venezuelan soil is not limited to the border and drug trafficking. Instead, it extends deep into the interior, having established a significant foothold in the illegal exploitation of the country’s mining heartland. It is no secret that the National Liberation Army is currently one of the main actors in extractive activities in the Orinoco Mining Arc.
A vast region with gold and diamond deposits is just a few kilometers from Ciudad Bolívar, and it is currently infested by the activities of this violent Colombian insurgent group, which operates with impunity — thanks to official support.
According to reports from organizations such as InSight Crime and the United Nations, a significant portion of the National Liberation Army’s illegal revenue comes from this extractive activity, which is carried out with official complicity. Those same officials authorize the transportation of weapons and explosives for the National Liberation Army and facilitate the movement of the proceeds of its illegal activities to export destinations. Additionally, Venezuela has become a center for guerrilla training — both military and doctrinal — for young Colombians recruited across the border. Our Venezuelan military personnel look the other way.
It is impossible to conclude this article without noting that several of the intelligence reports available in Colombia link the National Liberation Army to Hezbollah’s activities in the binational corridor, where technology, foreign funding and military logistics converge.
One must, therefore, ask how the situation described above fits with the U.S. presence on Venezuelan soil through the co-governance arrangement between Washington and Caracas that has been in place since Jan. 3. And where do all these absurdities stand in light of the crackdown on regional organized crime promised by the Shield of the Americas?
To date, not one statement by government officials in Washington has referred to this network, in which the current Venezuelan administration continues to play an active role in maintaining a criminal alliance with non-state armed groups in Colombia — and in particular with the National Liberation Army.
El Escudo de las Américas, novísima iniciativa impulsada por el presidente Donald Trump y de la cual forman parte 19 países de la región latinoamericana, aprobó una declaración conjunta en la que declaran la guerra al ELN y otras 23 organizaciones armadas- también las disidencias de las FARC y el Clan del Golfo- en la que afirman que endurecerán la persecución y establecerán medidas judiciales y financieras para acabar con sus actividades criminales. Otra de las acciones de este acuerdo será la de conseguir el apoyo de la OEA para que facilite acciones militares colectivas de seguridad en el territorio que los países de la OEA abarcan.
Sabido es que Venezuela no forma parte del Escudo de las Americas y también que Venezuela ha sido un aliviadero para los narcoterroristas colombianos que han encontrado en su territorio un refugio facilitado o impulsado por la aquiescencia activa del régimen Maduro- Cabello-Rodriguez y la colaboración de parte de la cúpula y las fuerzas militares.
El Plan Patriota 2, la nueva política de Defensa, Seguridad y Convivencia Ciudadana del nuevo gobierno de De la Espriella ha hecho de la frontera uno de sus enclaves de actuación estratégica. De hecho, hay operaciones militares de los días recientes en las que se han desactivado en la frontera unidades narcoguerrilleras y han sido dados de baja cabecillas insurgentes. Ello es demostrativo de la determinación de la nueva administración de usar su propia capacidad unida a la norteamericana para imponer el orden y recuperar el control efectivo por parte del Estado de los territorios ocupados por estas organizaciones criminales. También en Colombia el Plan Patriota 2 tiene a cargo el ataque sistemático a las economías ilícitas que financian sus actividades.
Ya desde mediados de 2025 algunos medios colombianos alertaban sobre el hecho de que la alianza del ELN con fuerzas venezolanas “les ha permitido la delimitación de corredores de narcotráfico, zonas seguras, operaciones militares ilícitas y actividades extractivas a lo largo de la frontera colombo-venezolana, particularmente en los departamentos de Arauca y Norte de Santander, específicamente en el Catatumbo”.
Pero es que hoy es ya conocido, y los hechos que lo comprueban constan en diversos informes de inteligencia colombiana apoyada por agencias de inteligencia de Medio Oriente, que la comandita armada por el ELN con las autoridades en suelo venezolano no se circunscribe a las fronteras y a la actividad de narcotráfico sino que se adentra ampliamente en el territorio, habiendo encontrado un importante asiento en la explotación ilegal del corazón minero del país. Para nadie es un secreto que el ELN es hoy por hoy uno de los principales actores de l actividad extractiva del arco minero del Orinoco.
Vastos territorios a pocos kilómetros de ciudad Bolivar con yacimientos de oro y diamantes a esta fecha están contaminados con la actividad de este violento grupo insurgente colombiano quien campa a sus anchas con apoyo oficial. Según informes de organizaciones como InSight Crime y Naciones Unidas, una parte significativa de los ingresos ilegales del ELN proviene de esta actividad extractiva la que cuenta con la complicidad oficial. Es esta oficialidad quien autoriza movimientos de armas y explosivos para el ELN y facilita el transito del producto de sus actividades ilegales a los sitios de exportación. Venezuela se ha convertido, además, en un centro de entrenamiento guerrillero en el área militar y doctrinal para jóvenes colombianos reclutados más allá de la frontera. Nuestros uniformados, miran hacia otro lado.
Imposible es terminar este articulo sin señalar que varios de los informes de inteligencia con que se cuenta en Colombia vinculan al ELN con actividades de Hezbolah en el eje binacional en el que convergen tecnología, financiación extranjera y logística militar.
Lo propio es interrogarse, pues, como se da de la mano la situación descrita con la presencia norteamericana en suelo venezolano a través de una fórmula de co-gobierno entre Washington y Caracas instaurada desde el 3 de enero a esta parte. Y dónde quedan todos estos dislates frente a la persecución que promete el Escudo de las Americas al crimen organizado regional.
Hasta el presente, ni una sola declaración de personeros del gobierno en Washington se refieren a este entramado del que sigue siendo parte activa la actual administración venezolana al mantener una alianza criminal con grupos irregulares armados de Colombia y en particular con el ELN.
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Officials and institutions in both countries, across all fields and at every level, must follow through on the important understandings reached by the two presidents.