The worst thing that can happen to modern-day leaders is that circumstances — or worse, the opposition — impose upon their agenda. This is the first step to losing control over the variables at their disposal. With this strategy, Republicans have managed, in a pre-election year, to set the terms and conditions of a debate from which Obama will inevitably emerge a loser.
Persistently bad unemployment figures are the main problem facing Americans today. Last week, the president presented a plan to Congress regarding this issue. The fiscal deficit, on which the Republican opposition has placed so much emphasis, is the main obstacle to the anti-recession tools at Obama’s disposal. Worse than this for both him and the American economy, are the consequences of the previous poorly managed debate on the debt ceiling and its impact on the confidence and expectations of those who buy goods and create jobs.
It has not been sufficient for Obama to point to the effects of what he has called a “political circus” that the opposition has designed and in which they have been happy to participate. Nor has it served him to recall that the deficit has its roots in his predecessor’s actions and a crisis generated by an irresponsible banking system. After such debacles, government excuses without results are not valued. The president has played the worst part in this, despite, as his adversaries recognize, his eloquent speeches and intentions. The opposition is categorizing him as a good orator and person, but a bad leader. By permitting the game to play out on his opponents’ terms, he appears to be conforming to the role he has been assigned in the web of messages. Frankly, Obama has been placed in a defensive position.
In theory, the discussion seems to be moving in circles. For the president, the solution lies in a federal stimulus that promotes hiring employees and increasing public spending, while for the opposition this is impossible because it would mean increasing the deficit. They also argue against imposing new taxes, which would deter investment by preventing the generation of new jobs.
In reality, measures that lower competitiveness or raise the cost of production in America do not offer favorable conditions to investors. This results in businesses moving to China or other locations where profitability is higher, thereby reducing the American labor force and generating unemployment.
What will be impossible for Obama, or for anyone, is indefinitely replacing lower productivity and lack of competition with permanent production stimuli. This is an artificial scheme that cannot be maintained for long, even with the cost of capital nearing zero, according to the Federal Reserve. Meanwhile, the commercial deficit with China is growing along with the rate of unemployment.
Beyond this economic reality, political decisions will survive and have social implications. The latest polls report that 60 percent of citizens are in favor of eliminating the fiscal stimuli that former President Bush granted to big investors. Only 37 percent agree with reducing the deficit by solely reducing spending and without raising taxes, as Republicans propose.
Although it is not too late for Obama’s dreams and for many Americans to have a second opportunity, they will have to use what is left to make governmental decisions that, despite the deficit, create jobs and resolve the false dilemma of spending to reduce spending. The government’s job is to govern; its role does not include instigating arguments. At the end of the day, it isn’t possible to serve both God and the devil, unless one presents it for what it is: a contradiction aimed at occupying the president’s seat.
Lo peor que le puede suceder a un gobernante contemporáneo es que las circunstancias, o lo que es más grave, la oposición, le impongan la agenda. Es el primer paso para comenzar a perder control sobre las variables que están a su disposición. Con esa estrategia, los republicanos han conseguido, en un año preelectoral, fijar los términos y las condiciones de un debate en que Obama no puede resultar más que perdedor.
Las persistentes malas cifras de desempleo son el principal problema de los norteamericanos hoy. A eso apunta el plan presentado al Congreso la semana anterior por el Presidente. El déficit fiscal, sobre el cual hace énfasis la oposición republicana, es el principal freno a las herramientas anti recesión de que dispone Obama. Peor que eso, para él y la economía norteamericana, han sido las consecuencias del mal manejado debate previo sobre el techo de la deuda y su impacto en la confianza y expectativas de quienes compran bienes y generan empleos.
No ha sido suficiente que Obama ponga en evidencia los efectos del que ha llamado “circo político” que le ha diseñado la oposición y del cual ha sido gustoso participante. Tampoco le ha servido recordar que el déficit tiene que ver con la herencia de su antecesor y la crisis generada por una banca irresponsable. Luego de las debacles, en el ejercicio del gobierno no se evalúan excusas sino resultados y, en ellos, el Presidente lleva hasta hoy la peor parte, a pesar, como lo reconocen sus adversarios, de sus buenos discursos e intenciones. Se le empieza a calificar, por parte de la oposición, como un buen orador y mejor tipo, pero mal gobernante. Al permitir el juego en los términos que fijan sus contradictores, parece conforme con el papel que le han asignado en la telaraña de mensajes, al colocarse en posición francamente defensiva, apenas.
En teoría, la discusión pareciera dar círculos. Si para el gobierno la solución tiene que ver con estímulos fiscales que promuevan empleos e incremento del gasto público, para la oposición ello no es posible por cuanto implicaría mayor déficit, el cual no se puede subsanar más que con nuevos impuestos que frenan la inversión impidiendo la generación de nuevos empleos.
En la realidad, ocurren cosas como que si la baja competitividad o el alto costo de producir en Norteamérica no ofrecen buenas condiciones a los inversionistas, estos llevan sus capitales a la China o a cualquier otro lugar en que la rentabilidad sea mayor, lo que no puede hacerse con la mano de obra norteamericana, generando desempleo.
Lo que no va a ser posible para Obama, o para cualquiera, es reemplazar, a término indefinido, baja productividad y falta de competitividad con estímulos permanentes a la producción. Es un esquema artificial que no se puede mantener a perpetuidad, ni siquiera con el costo del capital acercándose a cero, como lo ha dispuesto la reserva federal. Mientras tanto, crece el déficit comercial con China, par y paso con el desempleo.
Más allá de la realidad económica, sobreviven y se imponen las decisiones políticas. Las últimas encuestas dicen que un 60% de los ciudadanos están a favor de eliminar los estímulos fiscales que el ex Presidente Bush otorgó a grandes inversionistas y solo un 37% se manifiesta de acuerdo en reducir el déficit solo reduciendo gastos y sin aumentar impuestos, como lo proponen los republicanos.
Aun no es tarde para que los sueños de Obama y de muchos norteamericanos tengan una segunda oportunidad, pero tendrá que utilizar lo que le queda de mandato para tomar decisiones de gobierno que, a pesar del déficit, generen empleos, resolviendo el dilema falso de gastar reduciendo el gasto. El gobierno es para gobernar y su esencia no consiste en hacer debates. Al fin de cuentas, no se puede servir a Dios y al demonio, menos si este se presenta como lo que es: un contradictor interesado en ocupar la silla en que el presidente está sentado.
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