The war in Iran, Hegseth's extremes, and the rumors about election fraud demonstrate Trump’s bewilderment and improvisation.
Lat summer, Donald Trump’s second presidential term seemed like an unstoppable ocean liner, steaming toward a far right global revolution and the demolition of the post-World War II international order. Its potential to destabilize has by no means disappeared, as demonstrated by the erratic, unplanned war with Iran, the victories of allies in Latin America, and the damage it is still inflicting on U.S. institutions. But today, less than four months away from the midterm elections that will test the fabric of American democracy, the Trump administration finds itself mired at home by incompetence and corruption and internationally by failed ventures and the possibly irreversible damage it has caused to international alliances.
Nowhere have these failures been more evident this week than in Iran, where the war has returned to square one, or worse, a dispute over control of the Strait of Hormuz that was not even on the table when the conflict began. The resumption of hostilities coincided with an extreme statement from Defense Secretary Pete Hegseth, who is more obsessed with the cinematic virtue of virility on the battlefield than with the disastrous impact that affairs in the Middle East is having on his country’s interests. Hegseth released a video, unintentionally farcical, announcing that soldiers over 30 will have to undergo testosterone screening. It is just another example of how politics in Washington has settled into constant stream of distractions, while the government embarks on crusades, each one more grotesque than the last, such as Marco Rubio’s latest crusade to resurrect the idea of the “red menace." In what appears to be an effort to artificially recreate Cold War fear and return to the dark years of ultra-left violence, the secretary of state has launched a coalition of 66 countries to combat the supposed threat of transnational anti-fascist terrorism violence of the "Years of Lead" in Italy in the '70s and '80s. And it’s not as if Rubio doesn’t currently have other, more serious matters to deal with. You don’t have to leave the country to realize there is no sign of a way out for Cuba, trapped between an entrenched regime and the strangulation and empty promises of the U.S. Nor is anything clear about the course toward democracy for Venezuela, devastated by the terrible earthquakes in June and under Washington’s control.
That Trump, in this context, revived the 2020 election fraud hoax in an address to the nation on Thursday and that his trusted advisers have put testosterone and a “red menace” on the political agenda offers a sense of what this administration is experiencing and the challenges it will face in the coming months. Attempts to undermine the voting system have already encountered judicial opposition. The image of a president breaking records for being unpopular is also unsettling many Republicans in Congress who believe there are more important issues, including the high cost of living and the price of gas. Whether the institutions will be able to withstand any attempt by the president to deny election results in November will depend on the resilience of these and other political counterweights. A weaker Trump is no less dangerous, either for the world or for his country.
La presidencia empantanada de Estados Unidos
La guerra en Irán, las extravagancias de Hegseth y los bulos sobre el fraude electoral muestran el desconcierto y la improvisación de Trump
La segunda presidencia de Donald Trump parecía el verano pasado un trasatlántico que avanzaba imparable hacia la revolución global ultraconservadora y la demolición del orden internacional surgido de la II Guerra Mundial. Su potencial desestabilizador no ha desaparecido en absoluto, como demuestra la errática e improvisada guerra en Irán, las victorias de sus aliados en América Latina o el daño que todavía puede causar en las instituciones de Estados Unidos. Pero hoy, a menos de cuatro meses de las elecciones de medio mandato que pondrán a prueba las costuras de la democracia norteamericana, la Administración de Trump se encuentra empantanada en el plano interno en las arenas de la incompetencia y la corrupción, y en el exterior en aventuras fallidas y los desperfectos tal vez irreversibles que ha causado en sus alianzas internacionales.
En ningún otro frente estos fracasos se han hecho tan evidentes esta semana como en Irán, donde el conflicto acaba de volver a su casilla de salida, o a algo peor: una disputa por el control del estrecho de Ormuz que ni siquiera estaba encima de la mesa al comenzar las hostilidades. El reinicio del conflicto ha coincidido con una salida extravagante del secretario de Defensa, Pete Hegseth. Más obsesionado con la virtud cinematográfica de la virilidad en el campo de batalla que con la desastrosa marcha de las cosas en Oriente Próximo para los intereses de su país, Hegseth publicó un vídeo con el anuncio, involuntariamente paródico, de que los soldados mayores de 30 años tendrán que someterse a pruebas de testosterona. Es solo otro ejemplo de cómo en Washington la política se ha instalado en una permanente ceremonia de la distracción mientras el Gobierno se embarca en una cruzada cada vez más grotesca que la anterior, como la que ha emprendido estos días Marco Rubio para desempolvar el peligro rojo. El secretario de Estado, en lo que parece un intento de recrear artificialmente los miedos de la Guerra Fría o de regresar a los años de plomo de la violencia de extrema izquierda, ha lanzado una coalición de 66 países para combatir la supuesta amenaza del terrorismo transnacional antifascista. Y no es que Rubio no tenga en estos momentos otros asuntos más graves que tratar. No hace falta salir de América para constatar que no se vislumbra una salida para Cuba, atrapada entre un régimen enrocado y la asfixia y las promesas de EE UU, o que nada se ha aclarado sobre el rumbo y el horizonte democrático de Venezuela, asolada por los terribles terremotos de junio y tutelada por Washington.
Que Trump, en este contexto, resucite el bulo del fraude electoral de 2020, como hizo el jueves en un discurso a la nación, o que sus hombres de confianza pongan en la agenda política la testosterona o el peligro rojo, da la medida del momento que vive esta Administración, y de las dificultades que afronta en los próximos meses. Sus intentos de socavar el sistema de votación ya se han topado con la oposición de los jueces. Y la imagen de un presidente que bate registros de impopularidad incomoda a muchos republicanos en el Congreso que consideran que hay cuestiones más urgentes, como el elevado coste de la vida o el precio de la gasolina. De la resiliencia de estos y otros contrapesos dependerá que las instituciones puedan soportar cualquier intento del presidente de negar los resultados de las elecciones en noviembre. Un Trump más débil no es menos peligroso, ni para el mundo ni para su país.
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[T]he fraternal interaction among fans from dozens of countries and the local public reminded us that isolationism is not the dominant sentiment among 349 million Americans.