From the highest forum of the international community, the heads of state of France, Jordan, Turkey and Spain — all U.S. allies — expressed repudiation of the Palestinian genocide perpetrated by Israel, as did leaders of nations with lesser ties to Washington, such as Lula da Silva of Brazil. And while murderer Benjamin Netanyahu barked at a half-empty hall, an expression of American society’s growing rejection of that genocide marched through the streets of New York and was suppressed.
In what should be a symbol of coexistence, dialogue and collaboration, Donald Trump threatened to annihilate an entire country and self-servingly slandered Mexico; the true epicenters, driving forces and instigators of drug trafficking are the United States and its government. He advocated the employment of extrajudicial execution, military aggression and illegal intervention in other countries and outright plunder as tools to promote democracy and what he calls “civilization.”
For context, contrast Trump’s promise — his threat — to impose Washington’s dominion over this hemisphere with his incessant aggression toward the most important of his continental partners, Canada and Mexico, as well as toward Latin America’s largest economy, Brazil. As a result of this aggression, the government in Ottawa has already decided to strengthen ties with the European Union and loosen them with its southern neighbor.
Or take the White House master’s stubborn determination to destroy his country’s presence and influence in the Middle East by prolonging a war that is clearly lost. In this way, he is absurdly delaying an inevitable defeat. The war against Iran has made it clear that, in facing the Islamic Republic, large U.S. aircraft carriers serve little purpose other than making life a living hell for their crews. Furthermore, the military bases on the Arabian Peninsula in Jordan and in Iraq are far more vulnerable than previously thought. Plus, when confronted with a growing shortage of anti-ballistic weapons, the Pentagon has had no choice but to drain resources from Japan, South Korea, Europe and Ukraine in order to transport costly and difficult-to-manufacture munitions to the Middle East. Moreover, if Trump has been blackmailing his European allies into getting involved in the conflict, it is mainly because the U.S. Navy, in an arrogant and reckless pursuit of modernization, withdrew its minesweepers (Avenger and Independence classes) and sought to replace them with a Swiss Army knife called the Littoral Combat Ship — which, in theory, serves many purposes, but in practice, serves none at all.
Trump promised to avoid wars, yet he has become involved in a particularly disastrous one. He promised to keep gas prices low, yet he has managed to raise them to distressing levels. He offered to create jobs, yet between 2024 and 2026, unemployment of the economically active population rose from 3.9% to 4.1% (peaking at 4.4% last year). He threatened Iran with a devastating economic war and then declared war on the U.S. economy. He had his face minted on the commemorative edition of a $1 coin — even though the law prohibits it — and placed his name on the cultural center before that of John Fitzgerald Kennedy, for whom it was named. Then, he also tried to rename the Strait of Hormuz after himself, even though no DNA tests are required to determine that it is not his child.
As a result of all that and more, Trump’s approval rating among the general public has fallen to a historic low of 32%, and last week, that same figure among Republicans slipped from 82% to 73%.
Significantly, due to the increasingly hostile tone of Marco Rubio toward the Cuban blockade, support for that policy has declined over the past two years, falling from 32% to the current 28%. All this, and only six weeks before the Nov. 3 midterm elections.
To complete the picture, the loudmouth finds himself in imminent danger of losing his majority in both chambers and facing impeachment; thus, he must try to suspend those elections. It would be unprecedented, but so was the coup attempt he orchestrated on Jan. 6, 2021, to avoid being removed from the White House.
All things considered, no one has ever done more than Trump to end U.S. global hegemony, reduce Washington’s influence in the world and undermine the power of the presidency in the United States. Perhaps it is time to reflect, to view the man from a new angle, and to begin to recognize him as the greatest champion of all against imperialism. Perhaps when he leaves office, he will claim credit for these immense achievements and finally identify himself — after decades of living as an infiltrator — as a progressive and proclaim, “You have been mistaken. All this time I have been on your side. I am the most radical of all the Antifas: I am Comrade Trump.”
Desde la tribuna más alta de la comunidad internacional, los jefes de Estado de Francia, Jordania, Turquía y España, países aliados de Estados Unidos, expresaron su repudio al genocidio de palestinos perpetrado por Israel. También lo hicieron gobernantes de naciones con vínculos menos estrechos con Washington, como Lula da Silva, de Brasil. Y mientras el asesino Benjamin Netanyahu ladraba ante una sala semivacía, en las calles de Nueva York marchó y fue reprimida una expresión de la sociedad estadunidense del rechazo creciente a ese genocidio.
En lo que debiera ser un altar de la convivencia, el diálogo y la colaboración, Trump amenazó con aniquilar a un país entero, calumnió a México en forma por demás proyectiva –porque los verdaderos epicentros, motores e instigadores del narcotráfico son Estados Unidos y su gobierno– y abogó por la ejecución extrajudicial, la agresión bélica, la intervención ilegal en otros países y el despojo a secas como instrumentos para promover la democracia y algo que él llama “civilización”.
Vayan como antecedentes el contraste entre la promesa–amenaza trumpiana de imponer el dominio total de Washington en este hemisferio y sus constantes agresiones a sus socios continentales más importantes, Canadá y México, y a la mayor economía de Latinoamérica, Brasil. Como consecuencia de esas agresiones, el gobierno de Ottawa ya decidió estrechar sus lazos con la Unión Europea y aflojarlos con su vecino del sur.
O el empecinamiento del amo de la Casa Blanca en destruir la presencia y la influencia de su país en Medio Oriente mediante la prolongación de una guerra a todas luces perdida y el aplazamiento absurdo de una derrota inevitable. La guerra contra Irán ha puesto en evidencia que ante la república islámica los grandes portaaviones estadunidenses sirven para muy poco más que darle una vida de infierno a sus tripulaciones, que las bases militares en la península arábiga, Jordania e Irak son mucho más vulnerables de lo que se pensaba; que, ante la creciente escasez de armas antibalísticas, el Pentágono no ha tenido otro remedio que descobijar a Japón, Corea del Sur, Europa y Ucrania para llevar a Medio Oriente municiones millonarias y de difícil fabricación; y que si Trump ha estado chantajeando a sus aliados europeos para que se involucren en el conflicto, ello se debe principalmente a que la Marina de Estados Unidos, en un afán de modernidad arrogante y temerario, retiró sus barcos dragaminas (clase Avenger e Independence) y quiso remplazarlos por una navaja suiza llamada Litoral Combat Ship, que en teoría sirve para muchas cosas y en la práctica, para ninguna.
Trump prometió evitar las guerras y se ha involucrado en una particularmente desastrosa. Prometió mantener bajos los precios de los combustibles y ha conseguido elevarlos en forma angustiante. Ofreció crear empleos y entre 2024 y 2026, el desempleo pasó de 3.9 a 4.1 por ciento (con un pico de 4.4 el año pasado) de la población económicamente activa. Amenazó a Irán con una guerra económica devastadora y le declaró la guerra a la economía de Estados Unidos. Mandó poner su jeta en una edición conmemorativa de monedas de un dólar –aunque la ley lo prohíbe– y su nombre, antes del de Kennedy en el centro cultural que lleva el segundo; también pretendió darle su apellido al estrecho de Ormuz, aunque no hagan falta pruebas genéticas para determinar que no es hijo suyo.
Como resultado de todo eso y de más, la aprobación de Trump entre la población en general ha caído hasta un histórico 32 por ciento, y en la última semana ese mismo indicador entre los republicanos se deslizó de 82 a 73 por ciento.
Significativamente, debido al acento cada vez más criminal que Marco Rubio le ha impreso al bloqueo contra Cuba, el respaldo a esa política se ha reducido en los últimos dos años, al pasar de 32 a 28 por ciento actual. Y todo ello, a escasas seis semanas de la elección de medio periodo prevista para el 3 de noviembre.
Falta, para completar el cuadro, que el señor gritón se vea en riesgo inminente de perder la mayoría en ambas cámaras y de quedar expuesto a un impeachment y que pretenda suspender esos comicios; es algo que no tiene precedentes, pero tampoco los tenía el intento de golpe de Estado promovido por Trump el 6 de enero de 2021 para no ser desalojado de la Casa Blanca.
Pensándolo bien, nadie hasta ahora había hecho más que Trump por acabar con la hegemonía planetaria estadunidense, por reducir la influencia de Washington en el mundo y por dinamitar el poder de la presidencia en Estados Unidos. Tal vez sea momento de reflexionar, de ver al hombre desde un nuevo ángulo y empezar a considerarlo un campeón de las causas contra el imperialismo. Tal vez cuando deje el cargo reclame el crédito por esos inmensos logros, se asuma al fin –tras duras décadas de vivir como un infiltrado– como una persona progresista y proclame: “han vivido en el error; todo este tiempo he estado del lado de ustedes; soy el más radical de los antifas; soy el compañero Trump”.
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Before the pace of AI development outstrips the ability of humans to control it, AI companies around the world, and Washington and Beijing too, may need to find ways to modulate the tempo of that development.