Nihilistic violence is striking at the symbols of the Republic and eclipsing legitimate student protests.
The scenes of destruction in France, the looting of shops and assaults on public buildings have little to do with students’ demands but a lot to do with the desire to strike at the symbols of the Republic and destabilize a European democracy. It will take a long time to forget the misery of Oct. 17. What began as a peaceful demonstration against the state of secondary education and the cost of living, ended up with a minority committing extraordinary acts of violence. Images like that of the Limoges city hall in flames will be remembered as the moment when chaos took control of the country. You could blame these recent events on a number of things: the lack of action by the government in the face of social and education grievances; the paralysis of Emmanuel Macron who, after a decade in power, is a lame duck without room to maneuver and who is disliked intensely by a segment of society; a political class that for decades has delayed making the reforms needed to lift the economy out of the doldrums and reduce social inequality. None of the above should hide what is today fundamental: the protests are legitimate and, in many respects, justified, but violence never is.
France has already made the world used to images that in any other democracy would be unacceptable. It is enough to remember the recent demonstrations in Spain about the housing crisis to understand that it is possible to express discontent in the streets and demand social improvements without having to resort to violence. These issues can also be channeled into the political debate. Another distinctive French feature is the presence of police units with a long history of excessive force. On other occasions, as happened on Saturday, the police have been unable to maintain public order and prevent chaos. What is more, there is an entire revolutionary mythology that reemerges with every social movement. For example, in recent years, the protests against pension reform and the “Yellow Vests.” This evokes moments that have marked the identity of this country from the taking of the Bastille in 1789 and the Paris Commune in 1871 to May 1968. When violence is characterized by nihilisim and threatens public institutions as it did this weekend, it has a corrosive effect that not only harms legitimate causes and demands, but also impacts ordinary daily life and civil peace.
Raymond Aron said that the French are a people that every now and then bring about revolutions but never make reforms. Since Oct. 17, it is clear that reform is the answer to the wide range of problems. This is another way of saying politics. The priority is to reestablish order but neither the president nor his government can remain impassive when they are faced with a society where public outbursts regularly occur that are more violent each time. Without a parliamentary majority and with empty public coffers, the ability to act is very limited. However, doing nothing gives more fuel to the extremists who encourage the disorder and see a chance for their dream of a pending revolution, and to those who, like Marine Le Pen, are waiting to make electoral capital by promising law and order. U.S. Vice President JD Vance wasted no time in declaring via social media that these images from France are a warning about the dangers of a Democratic victory in his country. This message echoes Donald Trump’s warning after the mass arrival of immigrants in Ceuta this summer. A crisis like this is fuel for those who, outside or inside Europe, are embarked on a project to erode and destroy our democracies and are ready to exploit every opportunity.
Francia ante el caos
La violencia nihilista golpea los símbolos republicanos y eclipsa las legítimas protestas estudiantiles
Las escenas de destrucción en Francia, los saqueos en los comercios y el asalto a edificios públicos poco tienen que ver con las reclamaciones de los estudiantes, y sí con una voluntad de golpear los símbolos de la República y desestabilizar una democracia europea. La funesta jornada del 17 de octubre tardará en olvidarse. Lo que empezó con una convocatoria pacífica por las condiciones en la educación secundaria y el poder adquisitivo derivó en actos de una violencia inusitada provocados por una minoría. Imágenes como la del Ayuntamiento de Limoges en llamas quedarán en la memoria como el momento en el que el caos se adueñó de un país. Pueden achacarse los hechos de estos días a la inacción del Gobierno ante las reivindicaciones sociales y estudiantiles, a la parálisis de un Emmanuel Macron que, tras una década en el poder, es un pato cojo sin margen de maniobra y visceralmente detestado por una parte de la sociedad, o a los bloqueos en una clase política que desde hace décadas ha aplazado las reformas para sacar a la economía del marasmo y reducir las brechas sociales. Ninguno de estos debates debe esconder hoy lo esencial, y es que las protestas son legítimas y en muchos puntos, justificadas, pero la violencia nunca lo es.
Francia ya ha acostumbrado al mundo a estas imágenes que en cualquier otra democracia serían inaceptables. Basta recordar las movilizaciones hace unos días en España por la crisis de la vivienda para entender que es posible expresar el descontento en las calles y reivindicar mejoras sociales sin necesidad de recurrir a la violencia, y es posible también canalizarlas en el debate político. Otra particularidad francesa es la de unos cuerpos policiales con un largo historial en el empleo excesivo de la fuerza y que en otras ocasiones, como sucedió el sábado, no han logrado mantener el orden público y evitar el descontrol. Existe además toda una mitología revolucionaria que reemerge en cada movimiento social, como las protestas contra la reforma de las pensiones en los años recientes o los chalecos amarillos, y se remite a momentos que han marcado la identidad de este país, desde la toma de la Bastilla en 1789 y la Comuna de París hasta mayo de 1968. Cuando la violencia exhibe el carácter nihilista de este fin de semana y atenta contra las instituciones públicas, hay un efecto corrosivo que no solo daña a causas y reivindicaciones justas, sino que toca de lleno a la convivencia y la paz civil.
Decía Raymond Aron que los franceses son un pueblo que de vez en cuando hace revoluciones, pero nunca reformas. Después del 17 de octubre, queda claro que la respuesta a la constelación de malestares son las reformas, que es otra manera de decir la política. La prioridad es el restablecimiento del orden, pero ni el presidente ni su Gobierno pueden mantenerse impasibles ante una sociedad en la que los estallidos son periódicos y cada vez más virulentos. Sin mayoría parlamentaria y con las cajas públicas vacías, la capacidad de acción es muy estrecha, pero no hacer nada significa dar más alas a los radicales. A quienes jalean los desórdenes y ven la ocasión para su soñada revolución pendiente, y a quienes, como Marine Le Pen, esperan sacar rédito electoral prometiendo ley y orden. El vicepresidente de EE UU, J. D. Vance, no ha tardado en proclamar en las redes sociales que las imágenes de Francia es una advertencia sobre los peligros de una victoria demócrata en su país. El mensaje es parecido al de Donald Trump tras la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta este verano. Una crisis como esta es combustible para aquellos que, dentro y fuera de Europa, están embarcados en el proyecto de erosionar y destruir nuestras democracias, y aprovecharán cualquier oportunidad.
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[T]he opposition of many citizens who fear the depletion of their water and energy resources is a spontaneous phenomenon that reflects genuine discontent.